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jueves, 21 de agosto de 2014

Oddy. Al 21 de Julio.


"Mira que eres terca. Sigues grapada al reverso de mis párpados e impresa en mis retinas.

Da igual que abra los ojos o que los cierre si al final siempre estás ahí, agazapada en la oscuridad de la memoria o ronroneando en la luz de una ilusión.

Te recuerde o te imagine cada rincón te pertenece con la legitimidad de lo que se conquista con amor, y por no negarte acabo abrazando afirmaciones que te traen donde no estás y que me llevan donde no estoy.

Me parece que en el fondo disfrutas con todo esto, ¿verdad? Recuerda aquella mirada tuya, mitad sorna mitad condescendencia, cuando al fin aparecías como si nada después de que yo recorriese la casa diez veces buscándote angustiada por haber encontrado una ventana abierta y no haberte visto a ti. Y sé, lo sé, que ya había comprobado ese rincón desde el que me observabas con esos ojos tan redondos y no estabas. ¿Cómo lo hacías?

Al referirnos al tiempo medido desde una ausencia, ¿qué verbo acompaña al verbo pasar? ¿Olvidar?, nunca. Tampoco consolar o sustituir. Aceptar en tu caso no, te lo aseguro. Así que mientras voy haciendo el recuento de meses para un plazo que transcurre desde un hecho que no asumo, a la contradicción de mi razón se van sumando los delirios de mis sentidos.

Por eso me sorprendo viéndote sin imagen, escuchándote sin sonidos y tocándote sin cuerpo.

Yo ya no sé si te invento ahora o soñé una vez que te marchabas. Ya no sé si la pesadilla es tu muerte o es la vida tu fantasía.

A veces hay objetos que de pronto dejan de servir para lo que fueron creados, como cuando una prenda de ropa se transforma en un estuche del olor del que ya no está, o cuando las únicas palabras que parece contener un libro son las anotaciones manuscritas que el ausente hizo en él. Los muertos no deberían dejar cartas a medio escribir, frascos de colonia a medio usar ni sacos de pienso a medio comer. Es muy cruel.

Una cama azul es el cielo donde desde cada nube me miras mientras yo, aquí abajo, unas veces te sonrío y otras te lloro...

No, no es cierto. Siempre te lloro y no era más que una cama, y ya ni siquiera la aprecio.

La verdad es que no puedo verte, ni escucharte, ni tropezarte porque no estás, hoy ni nunca más, te fuiste para no volver.

La verdad es que como no creo en la vida en el más allá, sé que tú no me estarás esperando ahí cuando yo deje de estar aquí.

La verdad es que como no creo en la muerte en el más acá, sé que no te veré aparecer una noche en una esquina de mi cama, y si lo haces será porque yo estaré soñando, pero una vez que los abra te borrarás para siempre del interior de mis párpados por mucho que los cierre de nuevo para retenerte porque no, no era cierto, no estás grapada en ellos. Ningún despertar más terrible que el que llega tras el más hermoso de los sueños.

No creo en la reencarnación, no nos vamos a cruzar jamás con otros cuerpos para reconocernos por las mismas miradas.

No creo que brilles en una estrella y esa nube no existe. Ni en el cielo ni en la tierra he conseguido encontrarte por más que el primero ha recogido mis ruegos y la segunda mis lágrimas.

¿Arco Iris?, no, pequeña, no cruzaste un umbral de color, no hay luz ni hay ilusión, tu muerte no estaba escrita en un cuento de hadas sino en una tarde tan real como el amanecer que le siguió, amargo y triste como ningún otro. Tú atravesaste una negrura insondable y mis ojos sólo me devuelven incoherencias sobre hojas en blanco mientras mis manos te conjugan en pasado y mis desvaríos en presente.

Tampoco disfrutas con esto. Ni con nada. No existes. Tengo tus fotos y tengo mis recuerdos pero nada de eso eres tú. Te marchaste para siempre, aunque esta imbécil mañana ya no se acuerde de haber escrito esa frase y vuelva a hablarte como si todavía estuvieras ahí. Como si fueras a regresar. Como si nunca te hubieras ido.

No duele más una partida en sus aniversarios. Cada número está marcado en el calendario de la nostalgia. En cada fecha se cumple tiempo que escarba en el vacío y la soledad. Cada minuto hace una semana, un mes, un año. Cada año hace sólo un minuto.

Porque ahora hace un mes, tres horasy treinta y dos minutos desde tu muerte, mi niña.

Porque hoy también has muerto."

Gracias, Julio Ortega.

Te echo de menos, pequeña. Siempre.



viernes, 25 de julio de 2014

Exculpar.

Había cierta atracción en aquellos ojos hinchados, llorosos y cansados. Si hubiese sido valiente, habría alzado mis dedos de los pies para llegar hasta su boca y le habría besado una, dos, cinco, incontables veces, hasta fundirme con él en un sólo cuerpo y olvidar que eso que caía por sus mejillas sabía a ausencia y pérdida.

Como cobarde, como niña infantil, me mantuve firme en mi decisión de pagar las consecuencias de mis actos y de haber estado tambaleándome en aquella fina y delgada línea entre "estoy haciendo lo correcto" y "la estoy cagando sin darme cuenta." Pequé de lo segundo tan cruelmente.

¿Cómo olvidar unos ojos amarillos que me seguían allá donde fuese? ¿Para qué quiero mi intimidad si ya no me persiguen sus huellas en busca de conocer cada esquina de la habitación donde me hallaba? ¿Qué haré con todo el daño que le causé por jugar a ser Dios? ¿Qué verbo he de conjugar y qué reacción he de llevar a cabo para superar, asumir y olvidar mis errores?
Cuando el perdón no sirve para exculpar, estás perdido.

Ojalá haber sido fuerte y agarrar sus manos, sonreír y con un "Todo irá bien" borrar los últimos días. Jamás habrías existido y pecaría de sinvergüenza por eliminar tus memorias. Creedme: ¡no me arrepiento de haberme dejado engatusar por ella! ¡No, nunca! Más por mucho que escriba que el dolor es efímero, el duelo de la muerte es eterno.
¿Es que acaso nadie se da cuenta? ¡Se paró su corazón, no el mío!

Me compungiré cada día por alargar su marcha, su huida de este mundo a través de la espesa negrura que pasó a ocupar sus párpados para siempre. No existe el Arco Iris, ni el cielo, ni un maldito infierno, mi vida. No existe. Ni ella tampoco. Ya jamás.

No nos vamos a volver a encontrar, no podré disculparme cuando me desvanezca y mi cuerpo no sea más que un escombro.

Porque te maté. Lentamente. Por cobarde. Por desgraciada. Y cuando noté el ronroneo que presagia el final me decidí a darte sueño pero era tarde, tan tarde, que no transformé tu tormento en un leve paseo hasta el olivo número once de la fila tres...

viernes, 6 de junio de 2014

El mosquito que creía en la justicia.

"- Esto es una porquería. Increíble. Pero esa niña no sabe vivir, ni cuando tiene pasta. - Hablaba con un sincopado ritmo metálico, como un teletipo. - Bien -dijo-, ¿qué opina? ¿Lo es o no lo es?
-¿Qué?
- Una farsante.
- Yo diría que no.
- Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted razón. No es una farsante porque es una farsante auténtica. Se cree toda esa mierda en la que cree. No hay modo de convencerla de lo contrario."

viernes, 14 de diciembre de 2012

'Don't forget.'

Se va acercando el veintitrés del doce. Lo noto más por las noches porque es cuando más latente se hace tu ausencia.
Casi un año sin ti y yo aquí, como una niña, pidiendo perdón.
Te juro que te lloré, te juro que te lloro, te juro que te lloraré.
Eras tan importante...Tanto como ella.

Te prometo, y espero que sea ese preciso día, que te escribiré y te contaré cómo se fueron King y Silka, quiénes son Ra, Leónidas y la blanquita con manchas que parece un dálmata amorfo. 
Qué sentí cuando te fuiste y cómo me sigo acordando de ti, a mi estúpida manera.
Algún día te llevaré en la piel junto a Dakota; eso también te lo prometo.

Lamento haber sido una inútil. Se fue y yo estaba muy, muy triste...y no supe ver que tú también, y que estabas igual de sola que yo. 
Lo siento mucho, mi vida. Es tut mir sehr Leid, meine Diva.

Te amo, preciosa. Ojalá hubiera sabido quererte como te merecías.

lunes, 9 de julio de 2012

Gregor Samsa.


El año pasado, allá casi por principios de Julio, llegó Gregor Samsa (llamado así en honor a mi libro favorito, no porque sea una hortera). Era pequeño, juguetón y se dormía en cualquier parte.
No costó un duro. La jaula veinte euros junto al serrín. Desconocíamos su edad, pero el dueño de la tienda de animales aseguró que no tenía más allá de seis meses.

Hoy ha muerto. O yo me lo he encontrado en ese estado; tumbado, al lado de ese dichoso tubo en el que se metía, con los ojos medio cerrados. Estaba precioso. Y haciendo de sombrero, un moscardón de mirada roja y patas negras. Totalmente asqueroso, denigrante, acariciaba sus patitas delanteras una y otra vez como si estuviese planeando algo y, a pesar de mis gritos mezclados con lloriqueos de niña pequeña, no se iba. Se quedaba encima de su cabeza, quieto, planeando. Entonces, he zarandeado la jaula y ha salido deprisa, muy deprisa, tan deprisa que ni siquiera le ha dado tiempo a pensar dónde posarse. Se ha colocado en la pared tras revolotear breves instantes; mi zapatilla ha dado de lleno contra su cabeza y apostaría a decir que ha explotado.
Me he cargado un moscardón conscientemente, yo, que jamás mato insectos, que adoro a todo bicho viviente. Yo. Mas se lo merecía...¡ese dichoso insecto no se iba! ¡No dejaba en paz a mi pequeño Gregor, no hacía caso de mi llanto, no se iba, joder! Sólo planeaba con sus dichosas patitas negras, como si me estuviese susurrando desde su privilegiada posición: "Eh, tú, humana fea; ¿sabes? Yo sabía que él moriría, he planeado su muerte...¡voy a devorarlo!".

No podía consentirlo. Igual que el sábado no pude consentir que aquella estúpida hormiga atacara a la avispa que mi novio y yo salvamos de morir ahogada en la piscina.

Hoy por hoy, definitivamente, puedo asegurar que odio a las moscas.

jueves, 21 de junio de 2012

A mi yo adolescente:


Alejarte de ella será el primer consejo que te daré de una larga ristra de advertencias que escribiré en esta especie de carta hecha a ordenador.
No le busques los tres pies al gato: es muy bonito intentar comprender a los demás, la empatía es preciosa y tal y pascual; pero pequeña, esa golfa con gafas es una hija de puta con todas las letras. Y te está haciendo la vida imposible; sé que no vas a ser capaz de ignorar cada pulla ni cada golpe que te mande (a través de los demás, por supuesto) porque, aunque fuerte, no sabes defenderte. No obstante, mándala a la mierda. Te sentirás bien.

Segundo. Puedes con el bullying. Que te importe un comino que te hagan la vida imposible, que te llamen fea, gorda, zorra y que te pidan a gritos que te suicides porque molestas. La indiferencia debe ser tu táctica: total y absoluta. Peguen, griten, insulten...te da igual. Eres fuerte, inteligente, bonita. Eres mucho mejor que ellos en todos los aspectos, así que no dejes que mermen tu autoestima. No caigas en estupideces, no pienses que eres un asco de persona, ni llores más, cojones. O mandaré al Perro a vigilarte día y noche y créeme que no te gustará.
Ah, lo de las mesitas y las pintadas en la pizarra es otra estupidez. Sé que te afectó; sé que lo superaste. Te recomiendo que no lo dejes para más adelante: supéralo en ese mismo instante.

Tercero. Aléjate. Sí, de nuevo. No, no me refiero a la imbécil de antes, me refiero a tu nueva amiguita, a la rubia, a esa loba disfrazada con piel de cordero. No la defiendas; si la llaman puta, que la llamen puta; si la empujan, que la empujen; si tiran sus cosas a la basura, que tiren sus cosas a la basura. Tú, pequeña, no tienes nada que ver. No es tu vida, no es tu problema. Suena cruel, pero esa desgraciada te dará la patada a los dos años de supuesta amistad forever and ever que teníais y te tratará como si fueras una bolsa de basura. Te dolerá muchísimo ver cómo pasa a formar parte de aquellos que te odian porque el borreguismo está de moda; evítalo a toda costa. Mándala a freír espárragos...y, si aún así caes en la trampa, no te preocupes. Hay más gente ahí fuera, ella no se merece que te hundas. 

Cuarto. Haz caso a Silvia. Más del que le harás. Sus palabras suenan a desconfianza y tú eres la niña más introvertida con la que podía cruzarse; sin embargo, va a ser la única dispuesta a escucharte y a verte llorar. Aprovecha la situación al máximo, que ya tendrás tiempo de sobra de agradecérselo. ¡Ah!, y que no se te olvide darle las gracias a Sonia y a Paco, para dos profesores buenos que encuentras...

Quinto. Dakota se ha ido, lo sé. Has perdido a una de tus "hermanas" y no sabes hacer otra cosa que llorar a escondidas en tu habitación, que llamarte imbécil por no haberla salvado (¿acaso podías prever su muerte?, ¿acaso tú podías hacer algo?) y que olvidar a Diva. ¡Eh, hola! ¿Has leído bien? ¡¡DIVA!! Dakota era dulce, preciosa, era una perra maravillosa y la amaste muchísimo; pero hay más ahí fuera, alguien más necesita tu atención. Acostumbrada a tu eterna presencia, se le hará doloroso perderte, perderos: a ti y a Dakota. ¿Crees que es lo correcto? Sal fuera y hazla feliz, la quiero ver alegre hasta que se vaya ella también. Porque sí, también se irá. Y te dolerá; aunque estoy segurísima de que si te mantienes a su lado hasta que llegue ese día, será todo más sencillo. Sino hasta una pared de color blanco te llenará los ojos de lágrimas mientras te repites por dentro que eres una desgraciada y una gilipollas, que fuiste cruel. No quieres eso, créeme. De todas formas, como te conozco...sea lo que sea, no te flageles, por favor. No eres el demonio.

Sexto. Vas a salvar a tu padre. O eso pretendes. El matrimonio de tus padres va camino de la suma fatalidad; los enfados han pasado de los gritos comunes y corrientes a unas faltas de respeto enormes difíciles de soportar. Por eso tu padre evita ir a casa; bueno, por eso y por lo que descubrirás después: sí, cielo, sí. Alguien en tu casa parece que está siendo un ciervo y no sois ni tú, ni Diva, ni tu madre, ni el canario. En el fondo te da igual porque en cuanto tu padre te dice que se divorciará porque no aguanta más la situación se te iluminan hasta los ovarios: estás harta de tu madre, de su familia y, ahora también, de esa niña estúpida a la que trata como su hija. 
Lamento decepcionarte: nadie se divorcia en esta historia. Aguantarás como una campeona los desprecios de tu madre y te acercarás más a tu padre mientras él pasa de todo el mundo. No le guardes rencor, de verdad; sé que tú lo estás pasando mal en el instituto y que te sientes sola, pero es que él tampoco está viviendo en los mundos de Yupi.
Ah, olvídate de la familia de tu madre. Como si no existieran. Esto te costará poco llevarlo a cabo, confía en mí.

Séptimo. Te has cambiado de instituto, has conseguido tu graduado escolar y estás la mar de feliz: nueva gente, nuevo ambiente...El autoestima lo tienes algo tocadete, aunque no es un problema porque ya lo irás subiendo. Tu problema va a ser ese: la subida. Cariño...no le hagas caso a esa chica que se ha acercado a ti, ese imbécil que describe como perfecto no es para ti. Te va a hacer sufrir, te va a gritar, a insultar y a menospreciar. Lo único bueno que hará será invitarte a tu restaurante italiano favorito; también te comparará con una de sus exnovias, con la que mantiene el contacto porque continúa locamente enamorado de ella (una zorra como cualquier otra con la que duró tres meses, nada serio; el tío este además de loco, está atontado perdido). Mentiras por todas partes vas a descubrir; si terminas dándole una oportunidad...estámpaselas en la cara desde el primer momento. No toleres los cuernos. Y, más importante que nada, no permitas que te diga que no le llegas a la suela de los zapatos a una guarra que juega con él. Tú eres mucho más, bonita; si él no sabe verlo me parece de lujo, pero que no venga lastimando autoestimas el tío tonto.
No seas inocente ni pava, que ya hay muchas de ese estilo y sé que eres más lista.

Octavo. No eres fea. ¿Cómo va a ser fea una persona que no muestra su cara porque la oculta tras un flequillo de dos kilómetros de largo? ¡Deja que se te vea la cara, coño! Tampoco estás gorda, ni tienes las tetas feas (pequeñas sí, y qué), ni tienes el culo fofo, ni eres asquerosa. No estás bizca, no mides 1,34 ni tienes las piernas arqueadas; no tienes los labios horribles, ni cara de caballo, ni...¡joder, qué de tonterías! No eres Natalie Portman, no; ni Miss Universo. Pero eres bonita. Más para unos que para otros, tenlo en cuenta. Por favor, no te martirices más diciéndote asquerosa. Eres bonita. Por dentro y por fuera (y que no se te olvida cultivar el "dentro", ¡que te me vuelves de un superficial!).

Noveno y último, que ya está bien: ¡¡vas a ser feliz!! ¡Vas a estar contenta! Contenta de verdad, ¿eh? Como cuando jugabas con Dakota y Diva, como cuando jugabas a los videojuegos o leías El Señor de los Anillos (bueno, ahí creo que fingías un poquito...Tolkien, menudo tostón...). Vas a conocer gente, vas a salir y vas a estudiar. Te vas a sentir realizada y cumplirás tu sueño de estudiar psicología...si no la cagas al año siguiente. ¡Así que cuidadín que te vigilo!

Tendrás cosas buenas. Muchas malas. Tu adolescencia será una mierda, te lo advierto ya. Así que carga las pilas y a por todas.

Cuídate mucho, Holanda. 



Osú qué moñada más grande, illo tío....Una carta para mí misma, osú qué egocentrismo....
La (pre)regla hace estragos en mi persona.

martes, 8 de mayo de 2012

Tuesday.


Saco fuerza de voluntad de debajo de la almohada y me levanto. 
Me cuesta tanto aguantar el arrepentimiento, la culpa y la vergüenza en el nudo de mi garganta que ni siquiera soy capaz de empatar en esa estúpida lucha de mirada infinita y maleducada con el guiri que tantas veces encuentro sentado en el mismo sitio del mismo autobús a la misma hora. 

Concentro mi mente en la gente; no sirve para nada. 
Llego a clase, abro la puerta. Niños gritando, riendo, bostezando. Chicos con americana, gafas Ray-Ban, barba de tres días impecable. Ellas, las chicas, con sus tacones interminables, sus pintalabios rojos, sus bolsos de marca. Me resultan insoportables todos y cada uno de ellos; desde la joven con el lazo de topos blanco y negro hasta el señor de cuarenta perteneciente a un grado distinto al mío. 
Me pierdo en sus voces, entre mi silencio. Observo el reloj sin fijarme en la hora. 
No sé cuánto tiempo estaré ahí dentro. 

Los miro una, dos...siete veces. Detenidamente. Analizo cada detalle del aula y de toda esa gente tan diferente buscando excusas que aparten mi cabeza de los sentimientos de autodestrucción que he ido acumulando tras la abisal noche. "¡Lo has estropeado todo!", hacía años que no repetía esa frase. Siempre se la dedicaba a alguien con una pizca de dulzura en el enfado; dulzura que se transformaba en pudor. Yo no me refería a que esa persona hubiese destrozado la situación o mi vida o lo que fuera; sin embargo, me salían de dentro las palabras. Era muy niña. Aunque lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de que sonaba cruel; acompañaba mi perdón de cinco minutos de cabeza baja, mirada de cachorro y una nota con un peluche: "Lo siento." Mi padre está de testigo. Jamás me tomó en serio, por supuesto. Debía de ser graciosa la imagen de mí misma con tan corta edad arrepentida.
Ayer se escapó de mi boca cuando trataba de conciliar el sueño. "He perdido otras dos vidas", una vez, "los he perdido, joder", y otra vez, "me doy vergüenza ajena", continúo, "el día que aprenda a hablar sin gritar montaré una fiesta...soy horrible, joder; por eso nunca le importo a nadie, si es que soy insoportable". El lunes no fue un buen lunes. Me odiaba a mí misma. A pesar de que otros verían mi cabreo nocturno y mi llorera como una montaña creada a partir de un nimio grano de arena... Yo era incapaz. Y por ese motivo, me dije que lo había estropeado todo. 
No creo que llegue ninguna nota acompañada de ningún peluche pidiéndome perdón. 

Mi nudo de garganta se convierte en un fuerte dolor de cabeza. Cierro los ojos muy, muy, muy fuerte. Me saludan y hago caso omiso. Lo que menos necesitaba era escuchar mi nombre en los labios de otra persona. Ésta se vuelve hacia su compañera y me ignora; lo agradezco. Suspiro. Esa habitación me amarga, esa gente me da asco; todos tan inteligentes, tan guapos, tan perfectos a sus propios ojos y yo tan inútil, tan mediocre, tan imperfecta a los míos. 
Una mujer entra y comunica que no hay clase: el profesor no vendrá. Suspiro aliviada.

La libertad me da la mano, las ganas de escapar y llorar como una cría son tentadoras. Me duele la cabeza y el nudo se hace insoportable; albergo culpa, vergüenza y dramatismo a parte iguales. 
Me pongo en pie, echo un vistazo a los árboles que acarician con las hojas la ventana y me dirijo hacia la puerta. Voy a dejar tras de sí a todos esos niños, porque es lo que son. Y yo una adolescente drama queen.

"Vete", me ordena mi mente. "¡Vete!, ¡largo!". Si me voy, me quedo sola y si me quedo sola, sé lo que significa. 
"¡Vete, joder, largo! Huye" y cierro la puerta dejando a mis espaldas a todos esos críos mimados.
No quiero estar ahí, no puedo estar ahí...no me da la gana estar ahí.

Llego a casa a las once y cinco de la mañana. Lloro, me culpo; lo mismo de anoche. Me calmo, duermo, me despierto, lloro, vuelvo a dormir. Y noto que el dramatismo hace acto de ausencia.
Me sale un "lo siento" de la boca a la par que me incorporo en la cama. Sé que por hoy me voy a permitir odiarme por ser un débil, estúpido, cruel y asqueroso ser humano. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Coldness

El estremecimiento de ojos que acompaña al quebradero de cabeza. El dolor que perfora desde el estómago hasta los riñones. Un nudo en la garganta, una mosca en la sopa y arcadas. Y luego frío en los dedos de los pies produciendo engorrosos escalofríos; el frío de la lluvia de mayo. Ese mismo frío con el que miras a tu madre cuando le mientes, con el que tu hermano copia en un examen de biología o con el que tú desvencijas los recuerdos que te unían a esos hombres que jamás llegaste a querer.
Ese mismo frío.



martes, 8 de febrero de 2011

19 días y 500 noches.



Pasaron cuarenta y ocho días. Más de aproximadas setecientas veinte horas y lejos de esos cuarenta y tres mil doscientos minutos que hay en todo mes.

Y ya no hay por dónde buscar, no hay por dónde encontrar(te).
Cuando las conversaciones se tornan insulsas y el frío amenaza con anestesiar las ideas, vislumbro tu frágil estructura. Juega la imagen a su antojo. La luz, ese vago reflejo, atraviesa mi córnea y sin permiso ninguno, se atreve a avanzar por mi humor acuoso y no queda contento hasta clavarse en mi pupila; todo, todo con el único y hasta cruel fin de inundar mi estúpida memoria de recuerdos que llegan a través del nervio óptico. Y en cuanto hacen aparición, deseo arrancarme los ojos, destrozar mi piel, matar boca y lengua, arañar mi nariz y, especialmente, masticar mis oídos. Para no escuchar. No, no sin tu voz.
Se me congelan los sentidos, los sentimientos se desbordan por cada poro. La razón asesina a todos y cada uno de ellos, con desmesurada frialdad.

Ella te echa de menos. Y Ella soy yo. Y yo lo detesto. Tanta sensación aniquilando sueños y azotando de forma descortés mi cabeza, zarandeando mi cuerpo con el soplo más suave de viento.
Me imagino dependiente emocional por breves instantes, hasta que analizo mi actual situación y me doy cuenta de cuánto bien creaste, y cuánto te falto por crear, cuántas promesas hiciste, y cómo las rompiste todas sin, espero sin mucha esperanza, quererlo. Cuánto chocaron tus sentimientos, tu sensibilidad, contra mi razón, esa manía de hallar explicaciones, en mil y un debates abiertos.
Cuánto me ayudó cada palabra, cada gesto. Tu simple compañía.



No negaré que a ratos largos me olvido de tu existencia, me meto en mi papel y realizo una actuación digna de alabanzas. Hasta que te da por aparecer, así, sin más y te cuelas en esas noches de sueño no conciliado. A ratos cortos te odio, o eso me estoy forzando a asimilar.
Que hay mucho que contar, no sé por dónde empezar. Aún no averiguo por qué capítulo de esta historia me quedé.

En cuestiones de confesar, diré que busco tu sustituto de palabras y a veces, lo encuentro. Pero no es suficiente. Dicha desdicha me está haciendo necesitar acudir a ver a aquella que años atrás cumplió tu función, y no lo quiero.
No.
Quiero tardes de jazz, de tartas y zumo, de fútbol y campeones, de narraciones del pasado, de miedos e inseguridad, de castillos que se derrumban y puntos de vista que se enfrentan, de tu risa y de la de otros, de la felicidad que aquel día te regalaron, de canciones y veranos, de ti y de mí, de ella y todo un resto más, de saber que regresarás…

Tal vez yo sea ahora ese Sabina que cantaba que tardó en olvidarla 19 días y 500 noches. Tal vezy puede que lo peor fuera lograrlo.