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domingo, 22 de febrero de 2015
Elephant in the room.
Hay un elefante en todas las habitaciones de esta casa. Es grande, gordo e imponente pero no tranquilo, dulce o protector. He tratado de acariciarlo varias veces, otras tantas de echarlo y de vez en cuando procuro ignorarlo y de estas tres opciones sólo funciona la última (aunque duele).
Permanece impasible ante la ansiedad y el dolor que provoca. Me he obligado a mí misma a pensar que es posible que algún día desaparezca por arte de magia, pero la magia no existe. Me desespero.
Entre el "Sístema límbico" y las "Meninges", entre mis fármacos y mis teorías de la inteligencia, aparecen imágenes de un pasado que guardo bajo llave. Siempre me he preguntado qué sucedería si lo contase tal y como lo siento, lo percibo, lo veo y lo padezco: ¿alguien diría que estoy exagerando? ¿Que en realidad el elefante no es tan grande? ¿O se llevaría las manos a la cabeza y exclamaría, sorprendido, que no sabe cómo puedo soportarlo sin pestañear? Quizás me tachen de cómplice...¿acaso no lo soy? ¿Me preguntaría de qué lado me posiciono, como si eso fuera posible?
No pude explicárselo debidamente a Silvia porque en su momento pensaba que mi ombligo era la causa de todo mal que me acechaba, no se lo conté a Antonio porque no me inspiraba confianza y jamás fui lo suficiente sincera con María porque tenía miedo. Ahora no está ese pánico en mi interior, lo que tengo son ganas de saltar al vacío. Que no se me malinterprete, no es que el elefante que habita en todas las habitaciones de mi casa me esté dando ganas de tirarme por el balcón (bueno, reconozco que de vez en cuando sí, pero seguro que si lo hiciese me quedaría peor de lo que estoy y como que no, como que paso) si no que necesito sacar fuera las bolsas de basura que conforman mi pasado. No necesito un abrazo, necesito un consuelo y que alguien las recicle por mí.
La peor parte de mi vida son las habitaciones de esta casa y el elefante que se pasea por ellas. Mi abuela, que la quiero con locura, me dice a menudo que por qué vivir así y yo respondo con una sonrisa y un "No pasa nada." Mi tía suele preguntarme cuando me ve que qué tal todo, que le han dicho a él que eso está mal y que quizás fuese mejor que cada uno por su lado. Si supiesen lo que verdaderamente ocurre día tras día se dejarían de decir y de preguntar y pasarían a tirarse de los pelos.
No me he habituado aún a esta situación ni creo que lo haga jamás. Me veo a mí misma pasando por un episodio constante de sensibilización al presente y al pasado y, peor aún, a lo que está por venir en mi propia cabeza.
Desearía deshacerme del elefante, pensar que se puede y llevarlo a cabo pero no hay marcha atrás. No funcionamos y cuando algo está roto da igual cuántas veces pegues los pedazos. Al mínimo golpe...¡pum!, otra vez partido, en el suelo, hecho retazos. No funcionamos y no sé cuántas veces vamos a seguir rompiéndonos y recomponiéndonos, rompiéndonos y recomponiéndonos, rompiéndonos y recomponiéndonos falsamente, cada uno, lamiéndose las heridas y pegando los trozos con pegamento. Tampoco sé cómo podré mirarla a ella a la cara en el futuro y, más doloroso todavía, a ti. Porque jamás voy a ser capaz de perdonarte esto hayas pasado por lo que hayas pasado y sea ella como sea; me da igual que te saque de quicio y me da igual que esto suene egoísta: si no eras capaz de alejarte, haberlo hecho por mí; si sabías que estaba mal y no lo harías por ti, haberlo hecho por mí. Pero todos esos ratos que me habéis dejado para que me destrocen el corazón cada vez que me descuido son fruto de vosotros dos y eso, eso jamás os lo voy a perdonar. Llámame egoísta o desgraciada pero...pero el elefante era vuestro, no mío, lieber Vater.
viernes, 1 de agosto de 2014
¡A por todas y a por ninguna!
Creo...creo que se me ha metido un Tuenti en el ojo.
Querida Mika, esa que tenía diecisiete inocentes años: ojalá te tuviera enfrente. Ojalá existiera una máquina del tiempo para poder regresar atrás y meterte esa hostia en la cara que tanto te mereces. ¡¡Cabezota, idiota, irresponsable!! No me valen tus excusas, se acabó. Me da igual lo que sucediera, cómo estuvieras y lo que desearas en ese momento, porque ahora la que se jode soy yo.
Si viera esas fotografías y pensase: "Qué maravilloso todo. Tan bonito y precioso. Ay, señor, que me muero del gusto de ver esas imágenes tan hermosas y esos estados y esos todo. ¡Oh, mis queridos contactos, cuánto tiempo! Gente a la que adoro, caracoles, ¡qué perfecto!", pues mira, diría que mereció la pena porque a lo mejor a los 20 moría atragantada por un pionono y oye, la vida hay que vivirla un poquito. Pero es que las veo y me dan igual, miro mis contactos y me la refanfinflan, pienso en lo que podría haber hecho y me doy cuenta de que fui tonta del culo. Es decir, estuvo bien, aquello fue divertido...pero se acabó ahí. Efímero e insustancial, no me ha aportado más que recuerdos y ratos amargos porque las personas vienen y van y a mí se me ha quedado un sabor agridulce de verme aquí, envuelta en mi presente, sin querer pensar en nadie. Sin apetecerme vínculos ni intimidad, rehuyendo y no por miedo. Lo que se traduce en ser una huraña, lo que se traduce en ser un típico personaje de serie típica americana molonga que enamora a todos los pardillos que la ven porque la protagonista es un mal bicho con un pasado raro y cruel y una personalidad más rara y cruel (con ella misma) todavía. Qué cuadro.
Tan sumamente calculadora, pragmática y racional...Así era, así soy, así me definiré toda mi vida y en esos momentos, me dejé llevar por una cosa llamada "El Pavo" (lo escribo en mayúsculas porque es algo muy, muy, muy grave) y me toca pagar "El Pato" (también en mayúsculas porque es algo aún más grave, si cabe).
Querida Mika, desearía que hubieras aprovechado todas tus opciones. Aunque ni siquiera lo imaginabas, estaban al alcance de tu mano; incluso, fíjate, me aventuraría a decir que desearía que hubieras abandonado aquel lugar, lo que significaría no responder a los consejos de Silvia, y haber invertido tu tiempo en algo de provecho. Probablemente, con la que nos está cayendo, bonita, estarías agradecida (te lo digo yo, que soy tu tú de 22 años).
Me arrepiento, sí. Porque mi cabeza está repleta de fechas, personas, frases, opiniones, advertencias, llamadas de teléfono, mensajes de texto, correos electrónicos, quedadas a deshora, borracheras, cuartos de baño ajenos, cervezas, gominolas, abrazos, desplantes, mentiras -a medias y a cachos-, corazones, bocadillos, lugares, autobuses...y nada de eso me sirve para escapar de aquí, con la cabeza en alto y los hombros hacia atrás, el día de mañana.
Estoy perdida, Mika. Confusa y perdida, asustada, sola ante mis decisiones. Me da pavor equivocarme otra vez. No pretendo una nueva derrota, necesito un comienzo que me encauce y, en estos instantes, con la disyuntiva entre una elección y otra, con la disyuntiva entre arriesgar o permanecer quieta, con el orgullo machacado de no haber logrado algo por lo que aposté, con el dolor de sentirme imbécil por perseguir algo que no iba a hacerme feliz, con las escasas ganas de aventurarme y con el desconsuelo de perderla...no sé qué hacer. Agosto se va a hacer largo en cuanto se me acaben las ideas. Ahora sólo me queda enmendar tus errores, dentro de mis posibilidades, y mirar hacia adelante no sea cosa de que la de 25 o 27 me escriba una carta del estilo cagándose en mi estupidez.
Mika, tu puta madre.
Querida Mika, esa que tenía diecisiete inocentes años: ojalá te tuviera enfrente. Ojalá existiera una máquina del tiempo para poder regresar atrás y meterte esa hostia en la cara que tanto te mereces. ¡¡Cabezota, idiota, irresponsable!! No me valen tus excusas, se acabó. Me da igual lo que sucediera, cómo estuvieras y lo que desearas en ese momento, porque ahora la que se jode soy yo.
Si viera esas fotografías y pensase: "Qué maravilloso todo. Tan bonito y precioso. Ay, señor, que me muero del gusto de ver esas imágenes tan hermosas y esos estados y esos todo. ¡Oh, mis queridos contactos, cuánto tiempo! Gente a la que adoro, caracoles, ¡qué perfecto!", pues mira, diría que mereció la pena porque a lo mejor a los 20 moría atragantada por un pionono y oye, la vida hay que vivirla un poquito. Pero es que las veo y me dan igual, miro mis contactos y me la refanfinflan, pienso en lo que podría haber hecho y me doy cuenta de que fui tonta del culo. Es decir, estuvo bien, aquello fue divertido...pero se acabó ahí. Efímero e insustancial, no me ha aportado más que recuerdos y ratos amargos porque las personas vienen y van y a mí se me ha quedado un sabor agridulce de verme aquí, envuelta en mi presente, sin querer pensar en nadie. Sin apetecerme vínculos ni intimidad, rehuyendo y no por miedo. Lo que se traduce en ser una huraña, lo que se traduce en ser un típico personaje de serie típica americana molonga que enamora a todos los pardillos que la ven porque la protagonista es un mal bicho con un pasado raro y cruel y una personalidad más rara y cruel (con ella misma) todavía. Qué cuadro.
Tan sumamente calculadora, pragmática y racional...Así era, así soy, así me definiré toda mi vida y en esos momentos, me dejé llevar por una cosa llamada "El Pavo" (lo escribo en mayúsculas porque es algo muy, muy, muy grave) y me toca pagar "El Pato" (también en mayúsculas porque es algo aún más grave, si cabe).
Querida Mika, desearía que hubieras aprovechado todas tus opciones. Aunque ni siquiera lo imaginabas, estaban al alcance de tu mano; incluso, fíjate, me aventuraría a decir que desearía que hubieras abandonado aquel lugar, lo que significaría no responder a los consejos de Silvia, y haber invertido tu tiempo en algo de provecho. Probablemente, con la que nos está cayendo, bonita, estarías agradecida (te lo digo yo, que soy tu tú de 22 años).
Me arrepiento, sí. Porque mi cabeza está repleta de fechas, personas, frases, opiniones, advertencias, llamadas de teléfono, mensajes de texto, correos electrónicos, quedadas a deshora, borracheras, cuartos de baño ajenos, cervezas, gominolas, abrazos, desplantes, mentiras -a medias y a cachos-, corazones, bocadillos, lugares, autobuses...y nada de eso me sirve para escapar de aquí, con la cabeza en alto y los hombros hacia atrás, el día de mañana.
Estoy perdida, Mika. Confusa y perdida, asustada, sola ante mis decisiones. Me da pavor equivocarme otra vez. No pretendo una nueva derrota, necesito un comienzo que me encauce y, en estos instantes, con la disyuntiva entre una elección y otra, con la disyuntiva entre arriesgar o permanecer quieta, con el orgullo machacado de no haber logrado algo por lo que aposté, con el dolor de sentirme imbécil por perseguir algo que no iba a hacerme feliz, con las escasas ganas de aventurarme y con el desconsuelo de perderla...no sé qué hacer. Agosto se va a hacer largo en cuanto se me acaben las ideas. Ahora sólo me queda enmendar tus errores, dentro de mis posibilidades, y mirar hacia adelante no sea cosa de que la de 25 o 27 me escriba una carta del estilo cagándose en mi estupidez.
Mika, tu puta madre.
viernes, 25 de julio de 2014
Exculpar.
Había cierta atracción en aquellos ojos hinchados, llorosos y cansados. Si hubiese sido valiente, habría alzado mis dedos de los pies para llegar hasta su boca y le habría besado una, dos, cinco, incontables veces, hasta fundirme con él en un sólo cuerpo y olvidar que eso que caía por sus mejillas sabía a ausencia y pérdida.
Como cobarde, como niña infantil, me mantuve firme en mi decisión de pagar las consecuencias de mis actos y de haber estado tambaleándome en aquella fina y delgada línea entre "estoy haciendo lo correcto" y "la estoy cagando sin darme cuenta." Pequé de lo segundo tan cruelmente.
¿Cómo olvidar unos ojos amarillos que me seguían allá donde fuese? ¿Para qué quiero mi intimidad si ya no me persiguen sus huellas en busca de conocer cada esquina de la habitación donde me hallaba? ¿Qué haré con todo el daño que le causé por jugar a ser Dios? ¿Qué verbo he de conjugar y qué reacción he de llevar a cabo para superar, asumir y olvidar mis errores?
Cuando el perdón no sirve para exculpar, estás perdido.
Ojalá haber sido fuerte y agarrar sus manos, sonreír y con un "Todo irá bien" borrar los últimos días. Jamás habrías existido y pecaría de sinvergüenza por eliminar tus memorias. Creedme: ¡no me arrepiento de haberme dejado engatusar por ella! ¡No, nunca! Más por mucho que escriba que el dolor es efímero, el duelo de la muerte es eterno.
¿Es que acaso nadie se da cuenta? ¡Se paró su corazón, no el mío!
Me compungiré cada día por alargar su marcha, su huida de este mundo a través de la espesa negrura que pasó a ocupar sus párpados para siempre. No existe el Arco Iris, ni el cielo, ni un maldito infierno, mi vida. No existe. Ni ella tampoco. Ya jamás.
No nos vamos a volver a encontrar, no podré disculparme cuando me desvanezca y mi cuerpo no sea más que un escombro.
Porque te maté. Lentamente. Por cobarde. Por desgraciada. Y cuando noté el ronroneo que presagia el final me decidí a darte sueño pero era tarde, tan tarde, que no transformé tu tormento en un leve paseo hasta el olivo número once de la fila tres...
Como cobarde, como niña infantil, me mantuve firme en mi decisión de pagar las consecuencias de mis actos y de haber estado tambaleándome en aquella fina y delgada línea entre "estoy haciendo lo correcto" y "la estoy cagando sin darme cuenta." Pequé de lo segundo tan cruelmente.
¿Cómo olvidar unos ojos amarillos que me seguían allá donde fuese? ¿Para qué quiero mi intimidad si ya no me persiguen sus huellas en busca de conocer cada esquina de la habitación donde me hallaba? ¿Qué haré con todo el daño que le causé por jugar a ser Dios? ¿Qué verbo he de conjugar y qué reacción he de llevar a cabo para superar, asumir y olvidar mis errores?
Cuando el perdón no sirve para exculpar, estás perdido.
Ojalá haber sido fuerte y agarrar sus manos, sonreír y con un "Todo irá bien" borrar los últimos días. Jamás habrías existido y pecaría de sinvergüenza por eliminar tus memorias. Creedme: ¡no me arrepiento de haberme dejado engatusar por ella! ¡No, nunca! Más por mucho que escriba que el dolor es efímero, el duelo de la muerte es eterno.
¿Es que acaso nadie se da cuenta? ¡Se paró su corazón, no el mío!
Me compungiré cada día por alargar su marcha, su huida de este mundo a través de la espesa negrura que pasó a ocupar sus párpados para siempre. No existe el Arco Iris, ni el cielo, ni un maldito infierno, mi vida. No existe. Ni ella tampoco. Ya jamás.
No nos vamos a volver a encontrar, no podré disculparme cuando me desvanezca y mi cuerpo no sea más que un escombro.
Porque te maté. Lentamente. Por cobarde. Por desgraciada. Y cuando noté el ronroneo que presagia el final me decidí a darte sueño pero era tarde, tan tarde, que no transformé tu tormento en un leve paseo hasta el olivo número once de la fila tres...
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domingo, 20 de julio de 2014
Los gatos no cumplen órdenes.
¿Y se irá?
El lunes puede ser bonito si mañana marchas a andar o a ronronear. Si esta semana te decides a (sobre)vivir, a mantener en pie tu frágil y debilitada estructura sin dolor pese a que tu maquinaria interior esté fallando, las bocas callarán. Que digo yo, que puestos a soltar mierda y a herir sensibilidades con frases de machaque (tu inminente muerte, el dinero, la facilidad de cambiar un algo por otro algo aún cuando funcionas con corazón y no mediante enchufes o pilas), mejor cremallera en los labios y el ojete abierto, que su función principal es la de sacar al exterior cagadas. La boca cuanto más limpia mejor y si no silencio. Si-len-cio.
Viniste en febrero tras prometerle a todos aquellos que no pude salvar que te cuidaríamos bien. En cierto modo, ¿no hemos cumplido las expectativas? Dormir cada mañana al sol, una alimentación que no produjese náuseas, andar allá donde gustases sin que te fuesen cerrando la puerta en los bigotes.
No creo que un gato, elegante y tierno, pida mucho más.
No obstante, ojalá haberme dado cuenta antes o haber pedido la analítica ese primer día o...qué sé yo. Qué sé yo porque no sé nada de estas cosas. Sólo que antes que sufrimiento, mejor la muerte.
Tal vez esté pecando de impaciente y tu recuperación, aunque lenta y costosa, esté siendo fructífera; o tal vez esté pecando de ingenua y de esa forma, aumentando tu dolor y agonía. Qué sé yo. No sabes hablar, no puedes decirme "Eh, tú, estoy hasta el coño" en el peor de los casos, o en el mejor tampoco darme una alentadora palmadita en la espalda cuando te doy el suero mientras me susurras "Tranqui, bonica, que esto va viento en popa."
Si con palabras es en ocasiones complicado hacerse entender, imagínate con el silencio.
Entiendo que nadie lo comprenda. No eres mi abuela, ni mi tía, ni mi primo, ni un ser humano. Eres una gata. Y ya sabemos que los gatos, y animales en general, no habéis sido cagados por la Virgen María y rebozados en el semen de Dios. O eso comentan por ahí, que no sois divinos de la muelte.
Me la refanfinfla tan profundamente. Lo que no estoy dispuesta a soportar son frases subyugadoras, eso sí que no.
Cielo mío, te vayas mañana o no, sólo quería dejar constancia de que te quiero y de que no permitiré que ocurra igual que con Diva. Muerte en vida no es dignidad, no es correcto, no es merecido. Aunque me pase el lunes entre lloros y sudores y culpabilidades, yo escogeré la decisión más oportuna por ti. Aunque duela tanto que se me clave en las costillas y me ahogue los pulmones, yo me mantendré firme.
Y si debes vivir, continuaré con tesón hasta que vuelvas a caminar, ronronear y bufarle al pesado y pestoso del perro cuando se te acerque demasiado.
No te mueras, Oddy...
El lunes puede ser bonito si mañana marchas a andar o a ronronear. Si esta semana te decides a (sobre)vivir, a mantener en pie tu frágil y debilitada estructura sin dolor pese a que tu maquinaria interior esté fallando, las bocas callarán. Que digo yo, que puestos a soltar mierda y a herir sensibilidades con frases de machaque (tu inminente muerte, el dinero, la facilidad de cambiar un algo por otro algo aún cuando funcionas con corazón y no mediante enchufes o pilas), mejor cremallera en los labios y el ojete abierto, que su función principal es la de sacar al exterior cagadas. La boca cuanto más limpia mejor y si no silencio. Si-len-cio.
Viniste en febrero tras prometerle a todos aquellos que no pude salvar que te cuidaríamos bien. En cierto modo, ¿no hemos cumplido las expectativas? Dormir cada mañana al sol, una alimentación que no produjese náuseas, andar allá donde gustases sin que te fuesen cerrando la puerta en los bigotes.
No creo que un gato, elegante y tierno, pida mucho más.
No obstante, ojalá haberme dado cuenta antes o haber pedido la analítica ese primer día o...qué sé yo. Qué sé yo porque no sé nada de estas cosas. Sólo que antes que sufrimiento, mejor la muerte.
Tal vez esté pecando de impaciente y tu recuperación, aunque lenta y costosa, esté siendo fructífera; o tal vez esté pecando de ingenua y de esa forma, aumentando tu dolor y agonía. Qué sé yo. No sabes hablar, no puedes decirme "Eh, tú, estoy hasta el coño" en el peor de los casos, o en el mejor tampoco darme una alentadora palmadita en la espalda cuando te doy el suero mientras me susurras "Tranqui, bonica, que esto va viento en popa."
Si con palabras es en ocasiones complicado hacerse entender, imagínate con el silencio.
Entiendo que nadie lo comprenda. No eres mi abuela, ni mi tía, ni mi primo, ni un ser humano. Eres una gata. Y ya sabemos que los gatos, y animales en general, no habéis sido cagados por la Virgen María y rebozados en el semen de Dios. O eso comentan por ahí, que no sois divinos de la muelte.
Me la refanfinfla tan profundamente. Lo que no estoy dispuesta a soportar son frases subyugadoras, eso sí que no.
Cielo mío, te vayas mañana o no, sólo quería dejar constancia de que te quiero y de que no permitiré que ocurra igual que con Diva. Muerte en vida no es dignidad, no es correcto, no es merecido. Aunque me pase el lunes entre lloros y sudores y culpabilidades, yo escogeré la decisión más oportuna por ti. Aunque duela tanto que se me clave en las costillas y me ahogue los pulmones, yo me mantendré firme.
Y si debes vivir, continuaré con tesón hasta que vuelvas a caminar, ronronear y bufarle al pesado y pestoso del perro cuando se te acerque demasiado.
No te mueras, Oddy...
jueves, 8 de mayo de 2014
La la la.
Si me mira la tristeza a los ojos y la ignoro, algo habéis hecho mal.
En 2009, un "Si yo estoy bien, ¿entonces qué resulta?, ¿no son la empatía y el altruismo fruto del (auto)asco?" y no querer mejorar ni avanzar. Por eso me quedé ese año más al lado de ellas, como si la sensación de soledad de una época anterior justificase el perder el inicio del futuro que perseguía.
Porque lo necesitaba, exclamaba, y porque era mi decisión. No, yo nunca decidí nada, igual que tampoco lo he decidido ahora.
Percibo que he perdido la narrativa, la capacidad de transformar mi pena en palabras y liberarme. Ahora cargo el peso a la espalda y me doy la vuelta, haciendo parecer que no existe. Y verdaderamente logro que no exista. Antaño miedo de que los cambios agriasen mi carácter, actualmente seguridad en que enfrían mi personalidad.
Pero como no soy capaz de expresar la rabia que siento hacia esa panda de hijos de puta aún a día de hoy, mejor un "La la la" por corazón bandera:
domingo, 16 de febrero de 2014
Odette.
Querido Theo, preciosa Linda, tierno Paccino, dulce Rita...
Querida Toti, precioso Moco, tierno Obi, dulce Nala...
Eh, vosotros. Y todos los demás (son tantos nombres), no os he podido salvar. No conmigo, a mi lado; algunos sé que salvados estáis, otros (la mayoría) no sé dónde os habrán llevado.
Quería deciros...no he podido salvaros ni manteneros a mi lado. Sólo en la retina y no es suficiente, por eso, a estas horas, mañana, 17 de Febrero (¡divino 17!), ella estará entre mis rodillas o asustando a Ra o durmiendo en mi regazo. Ella, Ody:
Y, ¿sabéis? Ella estará como una reina gracias a vosotros. Ella y Tayson y, dentro de no sé cuánto tiempo, también Nibiru. Así que, si podéis y queréis, sentíos orgullosos.
Querida Toti, precioso Moco, tierno Obi, dulce Nala...
Eh, vosotros. Y todos los demás (son tantos nombres), no os he podido salvar. No conmigo, a mi lado; algunos sé que salvados estáis, otros (la mayoría) no sé dónde os habrán llevado.
Quería deciros...no he podido salvaros ni manteneros a mi lado. Sólo en la retina y no es suficiente, por eso, a estas horas, mañana, 17 de Febrero (¡divino 17!), ella estará entre mis rodillas o asustando a Ra o durmiendo en mi regazo. Ella, Ody:
Y, ¿sabéis? Ella estará como una reina gracias a vosotros. Ella y Tayson y, dentro de no sé cuánto tiempo, también Nibiru. Así que, si podéis y queréis, sentíos orgullosos.
domingo, 19 de enero de 2014
Tres bombillas y media.
Te quiero.
Ya sé que termino igual todos los mensajes
pero es que me da pánico que se te olvide.
Que entre distancias y cosas nuevas
crezca una pregunta en tu estómago.
Que un día te tomes una cerveza en a saber dónde
y dudes.
No hay nada más peligroso
ni humano
que una duda.
Así que sólo estoy tomando mis medidas.
Así ingresó usted a mis insomnios.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Miau.
No soy muy de gatos. No en el sentido de que no me gusten, que me encantan, pero soy más perro que gato. Sin embargo, a Moco me lo llevaría a casa:
Porque...no sé. Porque ronronea cuando llego y ronronea cuando permanezco a su lado. Si Ron se enfada cuando cambio la arena, le mete un "zustrazo" que se queda el otro pasmao'. Se lleva bien con Esfinge, Kitty y a ratos con Gary. No tiene problemas con Jimena y jamás le hizo un amago de arañazo a Rita o a Pacino. Es dulce, bonito y se deja abrazar. Avisa yéndose cuando no quiere más. Es independiente. Y no tiene huevos, esto es, está castradísimo.
Porque lo echaron de casa porque "Oh, ¡estoy tan preñada! ¡Me han dicho que no puedo tener gatos, que son malos, son brujos, me quitará a mi bebé o lo hará enfermar o se lo dará a un murciélago para que se haga un abrigo de piel de bebé con él! ¡¡Gato, feo, fuera, no fue suficiente con llamarte Moco que encima te abandono, furcio!!" y hace tanto que está aquí...
Se deprimió cuando vino, ni se acercaba. Ahora sí, mucho, pero sabe a quién sí y a quién no (aunque a veces se equivoca, como todo el mundo).
Lo quiero porque tenemos feeling, nena y nos llevamos de lujo. Porque es el primer gato que me gusta a mí de primeras y porque ni siquiera sé cómo lo llamaría, eso sí, Moco ni de coña.
Porque no quiero que continúe allí, porque no quiero que enferme, porque no quiero que pase frío, porque no quiero que entre en la lista...
Porque él habría querido a Botah, habría querido a Manteca. Y viceversa.
Si no le sale adopción, si entra en la lista...estaré, emocionalmente hablando, verdaderamente jodida.
Doctor, me he enamorao' de un gato.
Porque...no sé. Porque ronronea cuando llego y ronronea cuando permanezco a su lado. Si Ron se enfada cuando cambio la arena, le mete un "zustrazo" que se queda el otro pasmao'. Se lleva bien con Esfinge, Kitty y a ratos con Gary. No tiene problemas con Jimena y jamás le hizo un amago de arañazo a Rita o a Pacino. Es dulce, bonito y se deja abrazar. Avisa yéndose cuando no quiere más. Es independiente. Y no tiene huevos, esto es, está castradísimo.
Porque lo echaron de casa porque "Oh, ¡estoy tan preñada! ¡Me han dicho que no puedo tener gatos, que son malos, son brujos, me quitará a mi bebé o lo hará enfermar o se lo dará a un murciélago para que se haga un abrigo de piel de bebé con él! ¡¡Gato, feo, fuera, no fue suficiente con llamarte Moco que encima te abandono, furcio!!" y hace tanto que está aquí...
Se deprimió cuando vino, ni se acercaba. Ahora sí, mucho, pero sabe a quién sí y a quién no (aunque a veces se equivoca, como todo el mundo).
Lo quiero porque tenemos feeling, nena y nos llevamos de lujo. Porque es el primer gato que me gusta a mí de primeras y porque ni siquiera sé cómo lo llamaría, eso sí, Moco ni de coña.
Porque no quiero que continúe allí, porque no quiero que enferme, porque no quiero que pase frío, porque no quiero que entre en la lista...
Porque él habría querido a Botah, habría querido a Manteca. Y viceversa.
Si no le sale adopción, si entra en la lista...estaré, emocionalmente hablando, verdaderamente jodida.
Doctor, me he enamorao' de un gato.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Experimento sociológico.
Siendo tarde como es, no puedo permitirme explayarme. Sólo diré que, aunque escaseen, me ha emocionado ver cómo algunas personas son valientes y reaccionan.
Impresionante. Increíble. Valentía.
E impresionante, increíble...la indiferencia y la delegación de responsabilidad. La cobardía. Y es lo que abunda.
sábado, 24 de agosto de 2013
jueves, 1 de agosto de 2013
Botah.
Si yo, que apenas si te conocía, estoy triste...imagínate cómo estará él.
Compró aquel dichoso bote de champú sólo para ti, para que mejorases; y vaya si lo hiciste. Con esos pelos de loco todo el santo día nadie podría haberse aventurado a adivinar que llegaste en mal estado.
Me gustan más los perros porque siempre me he identificado más con el carácter canino. Igual le pasa a él. Luego llegaste tú y nos tuviste con la baba caída....¡malditos ojos verdes! ¡Maldita manía de poner el "pescado" en el agua y maldita manía de abofetear al ratoncito! Maldita manía la tuya de ronronear por cualquier cosa.
Por eso, cosita, quiero darte las gracias. Limpiar al gordo guarro de tu vecino valía la pena tan sólo por ver cómo intentabas arañarle y cómo le maullabas. Gracias por las risas, por los arañazos, los bocaditos, los maullidos a deshora, el ronroneo que imitaba a un congelador refrigerando, esa forma tan tonta de correar y de andar y de hacerte el valiente.
Nos habría encantado que te quedases con nosotros durante mucho, mucho tiempo. No hemos criado nunca un gato, ¡ibas a ser nuestro conejillo de indias! Todo se queda en nada ahora.
Dakota y Diva, en su día, ya me enseñaron de malas formas que, si alguien se va, no se le reemplaza. Ni al malo ni al bueno. Vamos por el mundo creyéndonos prescindibles porque siempre es más fácil crearse un escudo y pensar para uno mismo que no se vale la pena; así no hay que esforzarse.
Sé que no va a a haber otro "Botah" y por eso te echaré de menos con tanta, tanta fuerza que se me dormirán las mejillas de recordarte. Y a él se le dormirán hasta los ojos.
Muchas gracias, de verdad, cosita. Descansa en paz.
"¿Y si...?", "Deberíamos haber hecho...", "Tendríamos que...". Nada de eso tiene cabida en estas líneas ni en mi cabeza. Te fuiste siendo querido y te fuiste habiendo saboreado lo que es una cama y lo que es despertar a alguien cada veinticinco minutos así como te fuiste con la esperanza de que, en un plazo indeterminado aunque cercano, tendrías un hogar. Eso me basta.
Hasta siempre, Botah.
viernes, 17 de mayo de 2013
Mi rayuela.
"A veces uno amanece con ganas de extinguirse, Rocamadour. Como si fuéramos velitas sobre el pastel de alguien inapetente. A veces nos arden terriblemente los labios y los ojos y nuestras narices se hinchan y somos horribles y lloramos y queremos extinguirnos. Seguro que ahora no comprendes ésto, pero cuando seas mayor habrá días en que amanezcas con ganas de que un aliento gigante sople sobre ti, apagándote. Así es la vida, Rocamadour, un constante querer apagarse y encenderse."
viernes, 3 de mayo de 2013
Tal que así te lo he contado.
A punto de terminar, o ya acabado, lo guardo en borradores. No me convence o transmite lo mismo de siempre o me aburre o no me parece adecuado. Me regaño a mí misma automáticamente: "Si no ibas a publicarlo, no comiences a escribir. Estudia, resume, esquematiza. Venga."
El estrés y el agobio se me han acumulado desde siempre en la espalda, especialmente en los hombros. Es un dolor horrible, sobretodo a la hora de dormir cuando pretendes estirarte porque da la sensación de que fueses a romperte en dos.
Para eliminar el estrés y el agobio suelo darme varios descansos. Lo hago desde hace mucho, desde que estaba en el instituto en tercero de ESO y repetí; a partir de ese curso, no pude volver a estudiar del tirón. No porque me volviese tonta, vamos a ver; los motivos me los voy a reservar para mí. El caso es que necesitaba intervalos de tiempo en los que mantuviese a la mente distraída con algo que le gustaba, daba igual lo que fuese; o mantenerla pensando, que era malo pero yo lo buscaba.
Ahora me doy descansos porque soy muy vaga y porque me desespero pensando que lo que hago no vale para nada o que yo no valgo para nada o ambas. Me siento un poco inútil. Procuro decirme a mí misma, varias veces si hace falta, que mi valía no depende de si realizaré o no una carrera universitaria o un ciclo superior, que no depende de si algún día me llaman para doblar camisetas o para reponer cartones de leche en un supermercado. Que yo, y todos, somos más que eso. Que nuestra valía está determinada por cómo somos y por cómo nos comportamos, por nuestra bondad, por nuestras acciones.
Pero no me sirve. Lo digo muchas veces: quiero vivir. Vivir del verbo no desperdiciar el tiempo, lo que en mi lenguaje abstracto se traduce en viajar, salir, ayudar, colaborar, conocer. Probablemente sea una estupidez; no sé, todo el mundo desea viajar, ¿no? Claro que no todo el mundo desea poder donar dinero para investigaciones en vacunas contra el SIDA, por poner un ejemplo.
Para mí vivir sería salir de estas cuatro paredes para siempre y agobiarme porque el sábado tengo un montón de ropa que planchar; planificar un encuentro en Barcelona, donar sacos de pienso a un refugio de animales.
No sé si me entiendes, a lo mejor estoy sonando muy cursi o muy boba. Lo soy un poco, las dos.
Una lástima, sinceramente. Porque yo jamás voy a vivir a no ser que vaya cambiando de mentalidad. Digo ésto porque vivo permanentemente anclada a dos intervalos de tiempo sumamente peligrosos: el pasado y el futuro. Desde siempre. El futuro porque me parece atractivo, curioso, tardío. Deposito demasiadas esperanzas en él y así me va. El pasado porque soy, lo reconozco, una rencorosa; no obstante, también soy la persona más agradecida que te puedas echar a la cara aunque en ocasiones no lo demuestre igual que no demuestre si guardo o no rencor. Porque el rencor es un lastre y procuro mantenerlo a raya; aún así, me resulta necesario y es que, gracias al rencor y a las tortas bien dadas, he aprendido qué quiero y qué no quiero, qué tolero y qué no tolero y a qué tipo de gente quiero a mi lado. Cómo quiero ser y cómo no. Y eso es muy importante. Sé que jamás, ojito que pongo la mano en el fuego, seré infiel; de ninguna de las maneras, que no, que no, que no. Y menos después del último palo que me llevé.
No sabe nadie el daño que produce, cuánto machaca. Sea o no en tu propia piel, te reconcome por dentro, es horrible. O yo una exagerada.
También sé que jamás dañaré a un animal ni a una persona. No intencionadamente y menos aún físicamente; no excluyo el daño psicológico porque a menudo las palabras escapan y duelen aunque su intención inicial no fuera esa. Y porque el daño psicológico puede ser subjetivo. Sí, sí, como lo lees. Está claro que si alguien te grita y te llama idiota te está haciendo daño, pero que alguien critique de broma tus chanclas no tiene por qué ser doloroso y a ti puede lastimarte porque son tus chanclas favoritas. Hay tantos matices.
Y sé que jamás aprenderé a olvidar. Básicamente porque no me da la gana. Con olvidar me refiero a personas, animales, lugares, situaciones. El olvido, lo habré comentado ya más de una vez por ahí (¡me repito como la morcilla!), es fácil. Es amnesia. Y a mí esas cositas tan fáciles no me van; prefiero recordar y que el muerto o el dolor o, simplemente, el recuerdo sigan vivos en mí. Porque si mueres, no es justo olvidarte para no sufrir. No, joder, has vivido, ¿no? Pues ya está. Seguirás vivo aquí dentro. Y si me has hecho daño, te perdonaré o no te perdonaré, pero no olvidaré la acción que hayas llevado a cabo porque entonces te librarás la segunda vez y ahí sí que no. Así podría seguir.
No obstante, y como decía, vivir entre el pasado y el futuro es muy peligroso. Te anclas y se te quedan atrapados los pies en una especie de fango repleto de flores. Digamos que el fango es el pasado, que suele estar lleno de mierda (o nosotros sólo recordamos la mierda, más bien), y las flores el futuro porque lo engrandecemos, como si fuera un superhéroe que va a venir a salvarnos.
Voy camino de modificar esa actitud. Antes era feliz viviendo en el presente y ahora también, no veo el problema para que pueda resultar eficaz mi lucha contra mi cabezonería y mi odiosa costumbre.
Quiero vivir el presente y que cada tortilla de patatas me sepa como si mañana fuera a morir.
Por ejemplo.
Siempre he anhelado ser psicóloga, desde pequeñita. Psicóloga clínica, por supuesto. Era (¿soy?) otra de esas tontas que no conocía otra rama (o no quería conocer...) de la carrera. Lo mío era la clínica porque pretendía salvar almas, ayudar, sanar. Pero qué queréis que os diga, si algún día me hago psicóloga y algún día puedo especializarme también en la rama clínica, yo me pongo en el lugar de mi paciente y yo no desearía tener por psicóloga a una pirada amante de los animales y del chocolate Milka y de los piononos que no sabe apreciar el presente y cuando menos te lo esperas se viene abajo porque le ha venido, o le va a venir o yo qué sé ya, la regla y claro, las hormonas revueltas, la barriga gorda e hinchada, los riñones ahí duele que te duele y las piernas pesando tres quintales.
Menudo pastel.
Y me gusta luchar por los demás más que por mí misma cuando no puedo más, cuando estoy confusa, cuando me he perdido y no me encuentro. Ahora estoy en ese momento. Así que voy a luchar por el paciente que algún día pueda tener o por la persona que algún día pueda atender o por el tío que algún día me cuente su vida en una cafetería así sin ton ni son. Por el galgo que en cuanto me independice voy a adoptar. Por ti. Por esa parte de mí que me gusta cuidar, que es dulce y tierna.
Para lograr mi propósito mi primera premisa va a ser considerarme igual que todos los demás. Es decir, cesar en mi búsqueda de encontrar a alguien que piense, que crea, ¡que considere! que soy especial, que valgo la pena. Nunca seré más especial que nadie que haya estado antes ni que venga después en una vida. Es estúpido torturarse. Debo ser especial y debo valer la pena para mí, y la valgo. Ya está.
Y si algún día me entierran y a mi entierro sólo viene mi manada de galgos y perros callejeros,
bienvenidos sean. Que el cura les compre latitas de paté de cordero y arroz, por favor.
Mi segunda premisa será facilitar la vida. Ésta no es complicada, aunque yo lo vea tal que así. Es que pretendo vivir muy deprisa y así no se puede...Para correr, antes hay que tomar impulso. Yo ahora estoy tomando impulso, lo que ocurre es que para la vida hay que tomar más impulso que para correr. ¡Qué le hacemos, la inventaron mala y retorcida!
Mi tercera premisa me la guardo para mí solita, que ya esto es muy largo. ¡Mecachis!
Y finalizo con esta foto porque, qué narices, me apetece ponerla tras tanto texto que queda esto como muy extenso, ¿no? Ni las persianas pueden enrollarse tanto.
El estrés y el agobio se me han acumulado desde siempre en la espalda, especialmente en los hombros. Es un dolor horrible, sobretodo a la hora de dormir cuando pretendes estirarte porque da la sensación de que fueses a romperte en dos.
Para eliminar el estrés y el agobio suelo darme varios descansos. Lo hago desde hace mucho, desde que estaba en el instituto en tercero de ESO y repetí; a partir de ese curso, no pude volver a estudiar del tirón. No porque me volviese tonta, vamos a ver; los motivos me los voy a reservar para mí. El caso es que necesitaba intervalos de tiempo en los que mantuviese a la mente distraída con algo que le gustaba, daba igual lo que fuese; o mantenerla pensando, que era malo pero yo lo buscaba.
Ahora me doy descansos porque soy muy vaga y porque me desespero pensando que lo que hago no vale para nada o que yo no valgo para nada o ambas. Me siento un poco inútil. Procuro decirme a mí misma, varias veces si hace falta, que mi valía no depende de si realizaré o no una carrera universitaria o un ciclo superior, que no depende de si algún día me llaman para doblar camisetas o para reponer cartones de leche en un supermercado. Que yo, y todos, somos más que eso. Que nuestra valía está determinada por cómo somos y por cómo nos comportamos, por nuestra bondad, por nuestras acciones.
Pero no me sirve. Lo digo muchas veces: quiero vivir. Vivir del verbo no desperdiciar el tiempo, lo que en mi lenguaje abstracto se traduce en viajar, salir, ayudar, colaborar, conocer. Probablemente sea una estupidez; no sé, todo el mundo desea viajar, ¿no? Claro que no todo el mundo desea poder donar dinero para investigaciones en vacunas contra el SIDA, por poner un ejemplo.
Para mí vivir sería salir de estas cuatro paredes para siempre y agobiarme porque el sábado tengo un montón de ropa que planchar; planificar un encuentro en Barcelona, donar sacos de pienso a un refugio de animales.
No sé si me entiendes, a lo mejor estoy sonando muy cursi o muy boba. Lo soy un poco, las dos.
Una lástima, sinceramente. Porque yo jamás voy a vivir a no ser que vaya cambiando de mentalidad. Digo ésto porque vivo permanentemente anclada a dos intervalos de tiempo sumamente peligrosos: el pasado y el futuro. Desde siempre. El futuro porque me parece atractivo, curioso, tardío. Deposito demasiadas esperanzas en él y así me va. El pasado porque soy, lo reconozco, una rencorosa; no obstante, también soy la persona más agradecida que te puedas echar a la cara aunque en ocasiones no lo demuestre igual que no demuestre si guardo o no rencor. Porque el rencor es un lastre y procuro mantenerlo a raya; aún así, me resulta necesario y es que, gracias al rencor y a las tortas bien dadas, he aprendido qué quiero y qué no quiero, qué tolero y qué no tolero y a qué tipo de gente quiero a mi lado. Cómo quiero ser y cómo no. Y eso es muy importante. Sé que jamás, ojito que pongo la mano en el fuego, seré infiel; de ninguna de las maneras, que no, que no, que no. Y menos después del último palo que me llevé.
No sabe nadie el daño que produce, cuánto machaca. Sea o no en tu propia piel, te reconcome por dentro, es horrible. O yo una exagerada.
También sé que jamás dañaré a un animal ni a una persona. No intencionadamente y menos aún físicamente; no excluyo el daño psicológico porque a menudo las palabras escapan y duelen aunque su intención inicial no fuera esa. Y porque el daño psicológico puede ser subjetivo. Sí, sí, como lo lees. Está claro que si alguien te grita y te llama idiota te está haciendo daño, pero que alguien critique de broma tus chanclas no tiene por qué ser doloroso y a ti puede lastimarte porque son tus chanclas favoritas. Hay tantos matices.
Y sé que jamás aprenderé a olvidar. Básicamente porque no me da la gana. Con olvidar me refiero a personas, animales, lugares, situaciones. El olvido, lo habré comentado ya más de una vez por ahí (¡me repito como la morcilla!), es fácil. Es amnesia. Y a mí esas cositas tan fáciles no me van; prefiero recordar y que el muerto o el dolor o, simplemente, el recuerdo sigan vivos en mí. Porque si mueres, no es justo olvidarte para no sufrir. No, joder, has vivido, ¿no? Pues ya está. Seguirás vivo aquí dentro. Y si me has hecho daño, te perdonaré o no te perdonaré, pero no olvidaré la acción que hayas llevado a cabo porque entonces te librarás la segunda vez y ahí sí que no. Así podría seguir.
No obstante, y como decía, vivir entre el pasado y el futuro es muy peligroso. Te anclas y se te quedan atrapados los pies en una especie de fango repleto de flores. Digamos que el fango es el pasado, que suele estar lleno de mierda (o nosotros sólo recordamos la mierda, más bien), y las flores el futuro porque lo engrandecemos, como si fuera un superhéroe que va a venir a salvarnos.
Voy camino de modificar esa actitud. Antes era feliz viviendo en el presente y ahora también, no veo el problema para que pueda resultar eficaz mi lucha contra mi cabezonería y mi odiosa costumbre.
Quiero vivir el presente y que cada tortilla de patatas me sepa como si mañana fuera a morir.
Por ejemplo.
Siempre he anhelado ser psicóloga, desde pequeñita. Psicóloga clínica, por supuesto. Era (¿soy?) otra de esas tontas que no conocía otra rama (o no quería conocer...) de la carrera. Lo mío era la clínica porque pretendía salvar almas, ayudar, sanar. Pero qué queréis que os diga, si algún día me hago psicóloga y algún día puedo especializarme también en la rama clínica, yo me pongo en el lugar de mi paciente y yo no desearía tener por psicóloga a una pirada amante de los animales y del chocolate Milka y de los piononos que no sabe apreciar el presente y cuando menos te lo esperas se viene abajo porque le ha venido, o le va a venir o yo qué sé ya, la regla y claro, las hormonas revueltas, la barriga gorda e hinchada, los riñones ahí duele que te duele y las piernas pesando tres quintales.
Menudo pastel.
Y me gusta luchar por los demás más que por mí misma cuando no puedo más, cuando estoy confusa, cuando me he perdido y no me encuentro. Ahora estoy en ese momento. Así que voy a luchar por el paciente que algún día pueda tener o por la persona que algún día pueda atender o por el tío que algún día me cuente su vida en una cafetería así sin ton ni son. Por el galgo que en cuanto me independice voy a adoptar. Por ti. Por esa parte de mí que me gusta cuidar, que es dulce y tierna.
Para lograr mi propósito mi primera premisa va a ser considerarme igual que todos los demás. Es decir, cesar en mi búsqueda de encontrar a alguien que piense, que crea, ¡que considere! que soy especial, que valgo la pena. Nunca seré más especial que nadie que haya estado antes ni que venga después en una vida. Es estúpido torturarse. Debo ser especial y debo valer la pena para mí, y la valgo. Ya está.
Y si algún día me entierran y a mi entierro sólo viene mi manada de galgos y perros callejeros,
bienvenidos sean. Que el cura les compre latitas de paté de cordero y arroz, por favor.
Mi segunda premisa será facilitar la vida. Ésta no es complicada, aunque yo lo vea tal que así. Es que pretendo vivir muy deprisa y así no se puede...Para correr, antes hay que tomar impulso. Yo ahora estoy tomando impulso, lo que ocurre es que para la vida hay que tomar más impulso que para correr. ¡Qué le hacemos, la inventaron mala y retorcida!
Mi tercera premisa me la guardo para mí solita, que ya esto es muy largo. ¡Mecachis!
Y finalizo con esta foto porque, qué narices, me apetece ponerla tras tanto texto que queda esto como muy extenso, ¿no? Ni las persianas pueden enrollarse tanto.
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Metamorfosis
viernes, 19 de abril de 2013
Contar.
Imagínate que llega un día, allá por los treinta y pico (toca madera, ¡¡toca madera!!), en el que te da por tener hijos.
Como todo el mundo, vaya.
Uno, dos...para de contar. Depende de cómo se encuentre el mundo y de en qué zona geográfica del globo te encuentres. De con cuánto dinero cuentes y de con cuántas ganas de ser madre dispongas. De muchas cosas.
Y claro, un día, allá por los treinta y pico (que toquen madera, ¡¡que toquen madera!!), a tus hijos (o hijo, quién sabe si plural o singular a estas alturas de la película) les dará por tener hijos.
Uno, dos, tres...Yo en paternidades ajenas no entro.
En ese momento te conviertes en abuela. De esas que hacen natillas con galletas todos los sábados, que no van a misa, que visten con pantalones del Massimo Dutti y que pasa de tener canarios en el rellano de casa. Como sabrás, cuenta la leyenda que los nietos preguntan más que los hijos acerca del pasado y de la vida; total, los hijos, nos guste o no, viven en ese punto intermedio entre lo nuevo y lo viejo, lo suyo y lo tuyo, que les hace independientes de toda historia que a ti te concierne.
Y claro, un día, llegan tus nietos intranquilos del colegio a buscar su bollicao del futuro y como en la televisión hace años que dejaron de emitir dibujos animados porque "Gran Hermano 85", "Sálvame Versión Marte: Curiosity y el blanqueo de piezas mecánicas" y "Marbella Shore" son muchísimo más interesantes, tu nieto te preguntará acerca de ti.
Por aburrimiento, no te creas.
Unos ojos intranquilos, inocentes y una boca manchada de chocolate que te hacen cuestionarte cuál de todas tus historias es la mejor. Porque, llegada esa edad, espero que tengas un trillón de historias que contar.
Que no todo se quede en un: "Ay, mi niño. Yo es que me pasé más tiempo preocupada en gilipolleces que en vivir la vida" o en un "¿Historias? No tengo de eso, niño, aunque puedo contarte los Tweets tan graciosos que escribía tu abuelo por las mañanas..." o peor aún, en un "Niño, calla y come, que eres muy pesado."
¿No, verdad? Sería horrible. Tu nieto defraudado y tu hijo y la nuera sintiendo vergüenza ajena.
Con lo divertido que sería contarle que has recorrido Alemania desde su primera esquina hasta su último rincón y que el ramen más rico lo cocinan en una callejuela escondida en Enoshima. Que Roma es bonita pero muy cara...y que Portugal siempre se ha parecido demasiado a España como para impresionarte.
Contarle que, cada vez que ibas a Barcelona, la Sagrada Familia continuaba en obras y tu abuelo se disgustaba o que un día casi te ahogas en plena orilla de una playa gaditana.
Que una mujer adoptó a un perro de tres patas y lo enseñó a hacerse el muerto y os enviaba una y mil fotos para que supieseis en todo momento cómo estaba. Que los helados de Kinder Bueno merecen mucho respeto y que una mañana, sin ton ni son, te dio por animarte y apuntarte a ese grupo de gente que acude todos los años a Tordesillas para decirles a sus habitantes que se dejen de tanto toro de la vega e inventen otras tradiciones que no incluyan sangre y jadeos.
Que España estaba mu' mal, niño y la gente ni caso al principio, ni caso, pero luego con el tiempo decidieron quejarse más en la calle y menos en casa, salir más afuera y olvidar la picaresca; porque los políticos, quisiésemos o no verlo, eran un reflejo de toda la mierda que llevábamos dentro.
Imagínate, algo así.
Tendrías para un par de semanas y el niño terminaría aburrido hasta la médula de todas esas historias que tienes que contarle. Historias de verdad, que demuestran que has vivido, que no te has pasado todas las décadas que has decidido recorrer preocupada porque un día perdiste a alguien o porque te ha salido una estría en la pierna.
No sé, ay, niño, contar del verbo vivir, no del verbo desperdiciar el tiempo.
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