"Probablemente esa chiquilla termine siendo una desgraciada. Toda su vida. Imaginad la estampa: palos por todos los flancos posibles y un cuerpo frágil sin intención de defenderse ni anticipar las futuras caídas. Puede que termine mal."
Dijo él, sin recordar el juego previo que dos semanas antes había provocado en su despacho para que supiera que aquel personaje inventado no era más que mi sombra. Porque estoy segura de que lo atisbó en mis palabras encadenadas. No es imbécil, no me cabe duda, y le encanta resolver puzzles tanto o más que a mí.
Probablemente esa chiquilla sea una desgraciada. Gran parte de su vida. Imagina la estampa actual: no tiene hogar, un hueco donde refugiarse. ¿Adónde va cuando necesita consuelo o un recoveco donde llorar y taparse las orejas para no escuchar más? Vaga de un lado a otro, de un lugar plagado de ansiedad a otro en el que no puede situarse a un último en el que no debería permanecer.
Imagínala, con esa seguridad y esa fortaleza que se derrumban. Ese cuerpo débil que se estremece cuando mira hacia delante; divertida ironía, porque lo que la empujó a continuar fue, de hecho, mirar hacia delante. Ahora la asusta.
No encuentra dónde meterse, dónde descansar el ala. Si no tuviese miedo sería más fácil, también si se hubiese acostumbrado de una maldita vez a las paredes que la criaron entre Camy, canciones de letras ininteligibles y soledad.
Quién sabe si será una desgraciada. Sólo puede saberse que cuando no es una situación es otra la que la atormenta y que por mucho ignorar y mucho hacerse la guerrera brava, la mierda no desaparece.
No es malo sentirse desubicado ni es malo flaquear. Lo perjudicial es levantar la cabeza cuando quieres mirar hacia el asfalto y empañarte los ojos de gris. Lo cruel es obligarte a tirar del carro cuando requiere la mente una pausa y el corazón unas vacaciones.
Porque mira, niña. No importa si no te encuentras o si crees que estés allí o allá no vas a hallar un hueco. Lo que importa es que te lo construyas aunque sea, como muchos te dicen, a tan largo plazo que en ocasiones te olvides de vivir el ahora. Y si no hubiese un escondite para ti en ningún lugar de este áspero suelo, no te preocupes, sabrás lo que hacer cuando llegue el momento.
No llegaste hasta aquí para que te venzan y aquella a la que forzaste a andar se avergüence. ¿Verdad que no, niña?
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sábado, 16 de mayo de 2015
viernes, 1 de agosto de 2014
¡A por todas y a por ninguna!
Creo...creo que se me ha metido un Tuenti en el ojo.
Querida Mika, esa que tenía diecisiete inocentes años: ojalá te tuviera enfrente. Ojalá existiera una máquina del tiempo para poder regresar atrás y meterte esa hostia en la cara que tanto te mereces. ¡¡Cabezota, idiota, irresponsable!! No me valen tus excusas, se acabó. Me da igual lo que sucediera, cómo estuvieras y lo que desearas en ese momento, porque ahora la que se jode soy yo.
Si viera esas fotografías y pensase: "Qué maravilloso todo. Tan bonito y precioso. Ay, señor, que me muero del gusto de ver esas imágenes tan hermosas y esos estados y esos todo. ¡Oh, mis queridos contactos, cuánto tiempo! Gente a la que adoro, caracoles, ¡qué perfecto!", pues mira, diría que mereció la pena porque a lo mejor a los 20 moría atragantada por un pionono y oye, la vida hay que vivirla un poquito. Pero es que las veo y me dan igual, miro mis contactos y me la refanfinflan, pienso en lo que podría haber hecho y me doy cuenta de que fui tonta del culo. Es decir, estuvo bien, aquello fue divertido...pero se acabó ahí. Efímero e insustancial, no me ha aportado más que recuerdos y ratos amargos porque las personas vienen y van y a mí se me ha quedado un sabor agridulce de verme aquí, envuelta en mi presente, sin querer pensar en nadie. Sin apetecerme vínculos ni intimidad, rehuyendo y no por miedo. Lo que se traduce en ser una huraña, lo que se traduce en ser un típico personaje de serie típica americana molonga que enamora a todos los pardillos que la ven porque la protagonista es un mal bicho con un pasado raro y cruel y una personalidad más rara y cruel (con ella misma) todavía. Qué cuadro.
Tan sumamente calculadora, pragmática y racional...Así era, así soy, así me definiré toda mi vida y en esos momentos, me dejé llevar por una cosa llamada "El Pavo" (lo escribo en mayúsculas porque es algo muy, muy, muy grave) y me toca pagar "El Pato" (también en mayúsculas porque es algo aún más grave, si cabe).
Querida Mika, desearía que hubieras aprovechado todas tus opciones. Aunque ni siquiera lo imaginabas, estaban al alcance de tu mano; incluso, fíjate, me aventuraría a decir que desearía que hubieras abandonado aquel lugar, lo que significaría no responder a los consejos de Silvia, y haber invertido tu tiempo en algo de provecho. Probablemente, con la que nos está cayendo, bonita, estarías agradecida (te lo digo yo, que soy tu tú de 22 años).
Me arrepiento, sí. Porque mi cabeza está repleta de fechas, personas, frases, opiniones, advertencias, llamadas de teléfono, mensajes de texto, correos electrónicos, quedadas a deshora, borracheras, cuartos de baño ajenos, cervezas, gominolas, abrazos, desplantes, mentiras -a medias y a cachos-, corazones, bocadillos, lugares, autobuses...y nada de eso me sirve para escapar de aquí, con la cabeza en alto y los hombros hacia atrás, el día de mañana.
Estoy perdida, Mika. Confusa y perdida, asustada, sola ante mis decisiones. Me da pavor equivocarme otra vez. No pretendo una nueva derrota, necesito un comienzo que me encauce y, en estos instantes, con la disyuntiva entre una elección y otra, con la disyuntiva entre arriesgar o permanecer quieta, con el orgullo machacado de no haber logrado algo por lo que aposté, con el dolor de sentirme imbécil por perseguir algo que no iba a hacerme feliz, con las escasas ganas de aventurarme y con el desconsuelo de perderla...no sé qué hacer. Agosto se va a hacer largo en cuanto se me acaben las ideas. Ahora sólo me queda enmendar tus errores, dentro de mis posibilidades, y mirar hacia adelante no sea cosa de que la de 25 o 27 me escriba una carta del estilo cagándose en mi estupidez.
Mika, tu puta madre.
Querida Mika, esa que tenía diecisiete inocentes años: ojalá te tuviera enfrente. Ojalá existiera una máquina del tiempo para poder regresar atrás y meterte esa hostia en la cara que tanto te mereces. ¡¡Cabezota, idiota, irresponsable!! No me valen tus excusas, se acabó. Me da igual lo que sucediera, cómo estuvieras y lo que desearas en ese momento, porque ahora la que se jode soy yo.
Si viera esas fotografías y pensase: "Qué maravilloso todo. Tan bonito y precioso. Ay, señor, que me muero del gusto de ver esas imágenes tan hermosas y esos estados y esos todo. ¡Oh, mis queridos contactos, cuánto tiempo! Gente a la que adoro, caracoles, ¡qué perfecto!", pues mira, diría que mereció la pena porque a lo mejor a los 20 moría atragantada por un pionono y oye, la vida hay que vivirla un poquito. Pero es que las veo y me dan igual, miro mis contactos y me la refanfinflan, pienso en lo que podría haber hecho y me doy cuenta de que fui tonta del culo. Es decir, estuvo bien, aquello fue divertido...pero se acabó ahí. Efímero e insustancial, no me ha aportado más que recuerdos y ratos amargos porque las personas vienen y van y a mí se me ha quedado un sabor agridulce de verme aquí, envuelta en mi presente, sin querer pensar en nadie. Sin apetecerme vínculos ni intimidad, rehuyendo y no por miedo. Lo que se traduce en ser una huraña, lo que se traduce en ser un típico personaje de serie típica americana molonga que enamora a todos los pardillos que la ven porque la protagonista es un mal bicho con un pasado raro y cruel y una personalidad más rara y cruel (con ella misma) todavía. Qué cuadro.
Tan sumamente calculadora, pragmática y racional...Así era, así soy, así me definiré toda mi vida y en esos momentos, me dejé llevar por una cosa llamada "El Pavo" (lo escribo en mayúsculas porque es algo muy, muy, muy grave) y me toca pagar "El Pato" (también en mayúsculas porque es algo aún más grave, si cabe).
Querida Mika, desearía que hubieras aprovechado todas tus opciones. Aunque ni siquiera lo imaginabas, estaban al alcance de tu mano; incluso, fíjate, me aventuraría a decir que desearía que hubieras abandonado aquel lugar, lo que significaría no responder a los consejos de Silvia, y haber invertido tu tiempo en algo de provecho. Probablemente, con la que nos está cayendo, bonita, estarías agradecida (te lo digo yo, que soy tu tú de 22 años).
Me arrepiento, sí. Porque mi cabeza está repleta de fechas, personas, frases, opiniones, advertencias, llamadas de teléfono, mensajes de texto, correos electrónicos, quedadas a deshora, borracheras, cuartos de baño ajenos, cervezas, gominolas, abrazos, desplantes, mentiras -a medias y a cachos-, corazones, bocadillos, lugares, autobuses...y nada de eso me sirve para escapar de aquí, con la cabeza en alto y los hombros hacia atrás, el día de mañana.
Estoy perdida, Mika. Confusa y perdida, asustada, sola ante mis decisiones. Me da pavor equivocarme otra vez. No pretendo una nueva derrota, necesito un comienzo que me encauce y, en estos instantes, con la disyuntiva entre una elección y otra, con la disyuntiva entre arriesgar o permanecer quieta, con el orgullo machacado de no haber logrado algo por lo que aposté, con el dolor de sentirme imbécil por perseguir algo que no iba a hacerme feliz, con las escasas ganas de aventurarme y con el desconsuelo de perderla...no sé qué hacer. Agosto se va a hacer largo en cuanto se me acaben las ideas. Ahora sólo me queda enmendar tus errores, dentro de mis posibilidades, y mirar hacia adelante no sea cosa de que la de 25 o 27 me escriba una carta del estilo cagándose en mi estupidez.
Mika, tu puta madre.
sábado, 12 de julio de 2014
Los dos años que me pasé por el forro.
Dos años. Dos años conociendo de sobra que iba a errar y apostando por mi cabezonería y por mi, más que visible, comodidad. Dos. Putos. Años.
No quise anotar otras opciones en la cabeza "por si acaso es lo que aún sigo queriendo", pese a que mi vocecita interior me decía una y otra vez que no me tirase de cabeza a la piscina, que casi que mejor cambiar el rumbo y bajar por las escalerillas. Pa qué, eh, pa qué.
Deseché cualquier atisbo de cambio por un "por si acaso" y, ahora que más que probablemente haya logrado aquello que perseguía durante muchos años (no quiero precipitarme y decir que lo tengo en la palma de mi mano ya de ya), no me hace feliz. En resumen, que es un no. Y pretendo tirarlo a la basura, no sin antes tener dudas. Muchísimas dudas, infinitas dudas, dudas de mierda que no me dejan dormir y me hacen querer arrancarme todos los pelos de la cabeza.
Por supuesto, en estos momentos las otras opciones se me aparecen de forma reiterada en la mente, adornadas con un lacito rosa y pegatinas bonitas con la palabra "esperanza" escrita en ellas. Porque eh, aún estoy a tiempo. ¿A tiempo de qué?
Hacía mucho que no actualizaba el blog porque estoy perdiendo últimamente el gusto por escribir. Me apetece más leer, reposar los dedos, concentrarme en mis cosas y al rato dedicarme a observar las musarañas. Eso es fácil, cómodo y para toda la familia y no requiere pensar ni indagar en mi interior. No me hace daño, ni me molesta. Hasta que llega un momento en el que la dichosa vocecita interior te despierta y tú la ignoras, y entonces te empieza a gritar y a pegar patadas en el cráneo: "¡¡HAY QUE DECIDIRSE YA, COÑO, O EL TIEMPO SE VA!!". Tiene razón, el tiempo vuela y o voy eligiendo y echando las cartas sobre la mesa, o me veré de nuevo en el mismo callejón sin salida.
Al resto del mundo no puedo pedirle consejo, desgraciadamente. No hay nadie ahí fuera que sea capaz de sacarme de mi sueño mental y ayudarme a vislumbrar qué sería lo mejor. Desgraciadamente, la respuesta se encuentra en mí...y ni eso. Porque estamos hablando del futuro, un futuro que pretendo tener atado de pies a manos aún cuando ni siquiera le he dado una oportunidad para empezar a inventarse.
No quise anotar otras opciones en la cabeza "por si acaso es lo que aún sigo queriendo", pese a que mi vocecita interior me decía una y otra vez que no me tirase de cabeza a la piscina, que casi que mejor cambiar el rumbo y bajar por las escalerillas. Pa qué, eh, pa qué.
Deseché cualquier atisbo de cambio por un "por si acaso" y, ahora que más que probablemente haya logrado aquello que perseguía durante muchos años (no quiero precipitarme y decir que lo tengo en la palma de mi mano ya de ya), no me hace feliz. En resumen, que es un no. Y pretendo tirarlo a la basura, no sin antes tener dudas. Muchísimas dudas, infinitas dudas, dudas de mierda que no me dejan dormir y me hacen querer arrancarme todos los pelos de la cabeza.
Por supuesto, en estos momentos las otras opciones se me aparecen de forma reiterada en la mente, adornadas con un lacito rosa y pegatinas bonitas con la palabra "esperanza" escrita en ellas. Porque eh, aún estoy a tiempo. ¿A tiempo de qué?
Hacía mucho que no actualizaba el blog porque estoy perdiendo últimamente el gusto por escribir. Me apetece más leer, reposar los dedos, concentrarme en mis cosas y al rato dedicarme a observar las musarañas. Eso es fácil, cómodo y para toda la familia y no requiere pensar ni indagar en mi interior. No me hace daño, ni me molesta. Hasta que llega un momento en el que la dichosa vocecita interior te despierta y tú la ignoras, y entonces te empieza a gritar y a pegar patadas en el cráneo: "¡¡HAY QUE DECIDIRSE YA, COÑO, O EL TIEMPO SE VA!!". Tiene razón, el tiempo vuela y o voy eligiendo y echando las cartas sobre la mesa, o me veré de nuevo en el mismo callejón sin salida.
Al resto del mundo no puedo pedirle consejo, desgraciadamente. No hay nadie ahí fuera que sea capaz de sacarme de mi sueño mental y ayudarme a vislumbrar qué sería lo mejor. Desgraciadamente, la respuesta se encuentra en mí...y ni eso. Porque estamos hablando del futuro, un futuro que pretendo tener atado de pies a manos aún cuando ni siquiera le he dado una oportunidad para empezar a inventarse.
jueves, 8 de mayo de 2014
La la la.
Si me mira la tristeza a los ojos y la ignoro, algo habéis hecho mal.
En 2009, un "Si yo estoy bien, ¿entonces qué resulta?, ¿no son la empatía y el altruismo fruto del (auto)asco?" y no querer mejorar ni avanzar. Por eso me quedé ese año más al lado de ellas, como si la sensación de soledad de una época anterior justificase el perder el inicio del futuro que perseguía.
Porque lo necesitaba, exclamaba, y porque era mi decisión. No, yo nunca decidí nada, igual que tampoco lo he decidido ahora.
Percibo que he perdido la narrativa, la capacidad de transformar mi pena en palabras y liberarme. Ahora cargo el peso a la espalda y me doy la vuelta, haciendo parecer que no existe. Y verdaderamente logro que no exista. Antaño miedo de que los cambios agriasen mi carácter, actualmente seguridad en que enfrían mi personalidad.
Pero como no soy capaz de expresar la rabia que siento hacia esa panda de hijos de puta aún a día de hoy, mejor un "La la la" por corazón bandera:
sábado, 21 de diciembre de 2013
Miau.
No soy muy de gatos. No en el sentido de que no me gusten, que me encantan, pero soy más perro que gato. Sin embargo, a Moco me lo llevaría a casa:
Porque...no sé. Porque ronronea cuando llego y ronronea cuando permanezco a su lado. Si Ron se enfada cuando cambio la arena, le mete un "zustrazo" que se queda el otro pasmao'. Se lleva bien con Esfinge, Kitty y a ratos con Gary. No tiene problemas con Jimena y jamás le hizo un amago de arañazo a Rita o a Pacino. Es dulce, bonito y se deja abrazar. Avisa yéndose cuando no quiere más. Es independiente. Y no tiene huevos, esto es, está castradísimo.
Porque lo echaron de casa porque "Oh, ¡estoy tan preñada! ¡Me han dicho que no puedo tener gatos, que son malos, son brujos, me quitará a mi bebé o lo hará enfermar o se lo dará a un murciélago para que se haga un abrigo de piel de bebé con él! ¡¡Gato, feo, fuera, no fue suficiente con llamarte Moco que encima te abandono, furcio!!" y hace tanto que está aquí...
Se deprimió cuando vino, ni se acercaba. Ahora sí, mucho, pero sabe a quién sí y a quién no (aunque a veces se equivoca, como todo el mundo).
Lo quiero porque tenemos feeling, nena y nos llevamos de lujo. Porque es el primer gato que me gusta a mí de primeras y porque ni siquiera sé cómo lo llamaría, eso sí, Moco ni de coña.
Porque no quiero que continúe allí, porque no quiero que enferme, porque no quiero que pase frío, porque no quiero que entre en la lista...
Porque él habría querido a Botah, habría querido a Manteca. Y viceversa.
Si no le sale adopción, si entra en la lista...estaré, emocionalmente hablando, verdaderamente jodida.
Doctor, me he enamorao' de un gato.
Porque...no sé. Porque ronronea cuando llego y ronronea cuando permanezco a su lado. Si Ron se enfada cuando cambio la arena, le mete un "zustrazo" que se queda el otro pasmao'. Se lleva bien con Esfinge, Kitty y a ratos con Gary. No tiene problemas con Jimena y jamás le hizo un amago de arañazo a Rita o a Pacino. Es dulce, bonito y se deja abrazar. Avisa yéndose cuando no quiere más. Es independiente. Y no tiene huevos, esto es, está castradísimo.
Porque lo echaron de casa porque "Oh, ¡estoy tan preñada! ¡Me han dicho que no puedo tener gatos, que son malos, son brujos, me quitará a mi bebé o lo hará enfermar o se lo dará a un murciélago para que se haga un abrigo de piel de bebé con él! ¡¡Gato, feo, fuera, no fue suficiente con llamarte Moco que encima te abandono, furcio!!" y hace tanto que está aquí...
Se deprimió cuando vino, ni se acercaba. Ahora sí, mucho, pero sabe a quién sí y a quién no (aunque a veces se equivoca, como todo el mundo).
Lo quiero porque tenemos feeling, nena y nos llevamos de lujo. Porque es el primer gato que me gusta a mí de primeras y porque ni siquiera sé cómo lo llamaría, eso sí, Moco ni de coña.
Porque no quiero que continúe allí, porque no quiero que enferme, porque no quiero que pase frío, porque no quiero que entre en la lista...
Porque él habría querido a Botah, habría querido a Manteca. Y viceversa.
Si no le sale adopción, si entra en la lista...estaré, emocionalmente hablando, verdaderamente jodida.
Doctor, me he enamorao' de un gato.
domingo, 3 de noviembre de 2013
Hogar.
Desde que duermo en su habitación, con él, en su misma cama, no noto que éste sea mi hogar. Mi casa, sí, no mi hogar. Tampoco lo es su casa, obviamente.
Todo buen psicólogo que se precie, que escasean, percibe la notoria diferencia entre "hogar" y "casa." Una casa es un techo, un hogar tu lugar. Puede ser el parque donde vas a leer o el estanco donde compras el pan, qué más dará; puede ser Londres o puede ser la sala de estar. Es algo tuyo, intangible, con unos muros, visibles o no, que te protegen, te dan sustento.
Es tu comodidad, tu protección. Un día tuve un hogar y era mi casa, mi habitación. Porque, en cierto modo, era mía.
Ya no. No por no pasar las noches aquí, no porque la decoración no sea muy de mi gusto (aunque soy minimalista, no tanto), si no por la incomodidad de vivir en una perpetua mentira.
No obstante, me considero inteligente emocionalmente. Porque creo firmemente en la separación de diferentes inteligencias y no todas ellas se corresponden únicamente con saber leer, sumar, redactar perfectos ensayos y resolver elaboradas ecuaciones, como quien dice. Por esa regla de tres, el asperger (¿existe el asperger realmente?) perfeccionista es un inteligente sabiondo en todos los ámbitos de su vida. Lástima que el asperger no entienda de sarcasmos o de empatía y eso lo convierta en un gilipollas emocional.
Divertido. De ser así, el planeta está poblado de asperger.
Mi viejo teclado se ha estropeado porque el receptor ya no funciona. Tenía que pasar tarde o temprano y yo no me adapto bien a los cambios por nimios que sean. Me gustaba ese teclado, aprendí mecanografía con él y echo de menos sus teclas gastadas.
Por eso ayer me trajo un teclado nuevo, con otro receptor completamente distinto. Éste, con el que escribo estas líneas, con el que escribiré mis párrafos, es más pequeño, más fino, más delgado.
Le acompañaron unas zapatillas y unos pantalones de chándal, que falta hacían. Nunca digo "gracias" si se trata de mi padre porque me acostumbré a no darlas y no considero un cambio ahora.
Lo que sí cambió en mí es que la compra me hizo sentir terriblemente mal y pensé para mis adentros que ese teclado nuevo, con sus teclas brillantes, no debería estar aquí.
Porque no me lo merezco por estar callada.
Sé que no me queda alternativa ahora y sé de sobra que no alimentar el sentimiento es relativamente fácil. En cuestiones mentales y/o emocionales es determinante saber marcarse límites y seguirlos, aunque a la gran mayoría se le crucen los cables en la cabeza y los nudos en la garganta a la hora de llevarlo a cabo.
Un libro, una serie, una película, una canción, un rayo de sol, el perro a tu lado...cualquier cosa para evadirse y pensar en cualquier estupidez. Es fácil, sólo hay que intentarlo para lograrlo.
Pero no deseo lograrlo. Quiero que me marque cada día un poquito más. Sé que esto marcará mi vida, alguna faceta de ella, que algún día se me escapará por los poros.
Porque la odio y me ha robado mi hogar. Porque odio las mentiras. Porque la comodidad no existe entre vaivenes.
A regañadientes convierto mi habitación en mi guarida y me escondo, oculto la cabeza como las avestruces lo hacen en la tierra en esos viejos mitos que la gente cuenta por ahí.
Porque no queda otro remedio y me tengo que callar. Silencio.
Lo siento, papá. El día que, de una manera u otra, podamos ser...puedas ser libre y yo pueda hablar, otro gallo cantará.
Te lo prometo.
Te quiera más o menos, mis principios se expanden hasta a ti y sé que éste sí debería ser tu hogar, no el suyo.
Se verá sola, tal y como tú estás, el día que menos se lo espere. Te lo prometo, papá.
Todo buen psicólogo que se precie, que escasean, percibe la notoria diferencia entre "hogar" y "casa." Una casa es un techo, un hogar tu lugar. Puede ser el parque donde vas a leer o el estanco donde compras el pan, qué más dará; puede ser Londres o puede ser la sala de estar. Es algo tuyo, intangible, con unos muros, visibles o no, que te protegen, te dan sustento.
Es tu comodidad, tu protección. Un día tuve un hogar y era mi casa, mi habitación. Porque, en cierto modo, era mía.
Ya no. No por no pasar las noches aquí, no porque la decoración no sea muy de mi gusto (aunque soy minimalista, no tanto), si no por la incomodidad de vivir en una perpetua mentira.
No obstante, me considero inteligente emocionalmente. Porque creo firmemente en la separación de diferentes inteligencias y no todas ellas se corresponden únicamente con saber leer, sumar, redactar perfectos ensayos y resolver elaboradas ecuaciones, como quien dice. Por esa regla de tres, el asperger (¿existe el asperger realmente?) perfeccionista es un inteligente sabiondo en todos los ámbitos de su vida. Lástima que el asperger no entienda de sarcasmos o de empatía y eso lo convierta en un gilipollas emocional.
Divertido. De ser así, el planeta está poblado de asperger.
Mi viejo teclado se ha estropeado porque el receptor ya no funciona. Tenía que pasar tarde o temprano y yo no me adapto bien a los cambios por nimios que sean. Me gustaba ese teclado, aprendí mecanografía con él y echo de menos sus teclas gastadas.
Por eso ayer me trajo un teclado nuevo, con otro receptor completamente distinto. Éste, con el que escribo estas líneas, con el que escribiré mis párrafos, es más pequeño, más fino, más delgado.
Le acompañaron unas zapatillas y unos pantalones de chándal, que falta hacían. Nunca digo "gracias" si se trata de mi padre porque me acostumbré a no darlas y no considero un cambio ahora.
Lo que sí cambió en mí es que la compra me hizo sentir terriblemente mal y pensé para mis adentros que ese teclado nuevo, con sus teclas brillantes, no debería estar aquí.
Porque no me lo merezco por estar callada.
Sé que no me queda alternativa ahora y sé de sobra que no alimentar el sentimiento es relativamente fácil. En cuestiones mentales y/o emocionales es determinante saber marcarse límites y seguirlos, aunque a la gran mayoría se le crucen los cables en la cabeza y los nudos en la garganta a la hora de llevarlo a cabo.
Un libro, una serie, una película, una canción, un rayo de sol, el perro a tu lado...cualquier cosa para evadirse y pensar en cualquier estupidez. Es fácil, sólo hay que intentarlo para lograrlo.
Pero no deseo lograrlo. Quiero que me marque cada día un poquito más. Sé que esto marcará mi vida, alguna faceta de ella, que algún día se me escapará por los poros.
Porque la odio y me ha robado mi hogar. Porque odio las mentiras. Porque la comodidad no existe entre vaivenes.
A regañadientes convierto mi habitación en mi guarida y me escondo, oculto la cabeza como las avestruces lo hacen en la tierra en esos viejos mitos que la gente cuenta por ahí.
Porque no queda otro remedio y me tengo que callar. Silencio.
Lo siento, papá. El día que, de una manera u otra, podamos ser...puedas ser libre y yo pueda hablar, otro gallo cantará.
Te lo prometo.
Te quiera más o menos, mis principios se expanden hasta a ti y sé que éste sí debería ser tu hogar, no el suyo.
Se verá sola, tal y como tú estás, el día que menos se lo espere. Te lo prometo, papá.
domingo, 8 de septiembre de 2013
El lado bueno de las cosas.
Sé que algún día tendré que tomar una decisión. Y será grave. Porque: o sigo confundiendo y confundiéndome, o me libero de toda esta mierda.
sábado, 24 de agosto de 2013
lunes, 5 de agosto de 2013
Ojalá.
Sin embargo, se me escapan todas las oportunidades. Si tan sólo pudiera sentirme útil y considerar la vida más como un reto que como un camino repleto de trompicones, yo sería muy distinta.
No obstante, no encuentro el escalón que me dijiste que uno encuentra y que le ayuda a ascender. Sólo veo la caída, la cuesta abajo.
Siempre me había visto a mí misma en el futuro como una mujer brillante, ideas claras, que había aprovechado la juventud en formarse. Cultura, inteligencia, emociones, lenguajes....pero soy mediocre. Me hago (siento) mediocre. Y a veces me resquebraja por dentro la idea de un futuro lleno de pesadumbre, miedo y mierda, mucha mierda.
Ojalá.
Sólo buscar salir de aquí y dejarles atrás.
No obstante, no encuentro el escalón que me dijiste que uno encuentra y que le ayuda a ascender. Sólo veo la caída, la cuesta abajo.
Siempre me había visto a mí misma en el futuro como una mujer brillante, ideas claras, que había aprovechado la juventud en formarse. Cultura, inteligencia, emociones, lenguajes....pero soy mediocre. Me hago (siento) mediocre. Y a veces me resquebraja por dentro la idea de un futuro lleno de pesadumbre, miedo y mierda, mucha mierda.
Ojalá.
Sólo buscar salir de aquí y dejarles atrás.
miércoles, 10 de abril de 2013
Camy.
A ver entonces si lo pillo.
Si me duele el estómago, me tomo un omeprazol. Si me duele la cabeza, un paracetamol. Y si ya tengo el día malo y decide dolerme una muela, un ibuprofeno, ¡que no se me hinche el moflete!
Pero, ¿y si me duele aquí dentro? Ese tipo de dolor característico de la soledad. Es decir, como cuando te duele el estómago pero no por comer tres trozos de tu pastel favorito, sino porque debía dolerte, porque ya era hora, porque te has pasado últimamente con la comida basura.
Ese tipo de dolor del que no te alegras, no sé si me entiendes. De ese que piensas: "Joder, no vuelvo a repetir. No va a volver a dolerme así." Hasta que caes de nuevo.
Es lo que tienen las ensaladas Manhattan del Mcdonald's y las patatas. Que juntos son una combinación catastrófica para el estómago. O también...o también...¡es lo que tienen todas esas horas despierta de noche con las lentillas puestas! Viendo series, o aguantando por aguantar. Y claro, te duermes con ellas sólo cinco minutos de nada y ya la cabeza te duele y los ojos se te hinchan.
O...esa dichosa muela que no estás dispuesta a presentarle a tu dentista. Porque te da miedo ese aparatito que, aunque no sabes cómo se llama, suena mucho y fatal y te da pánico.
Afortunadamente, todo se pasa. Una pastilla, un poquito de agua y a la cama.
¿Pero y si te duele aquí dentro? No valen pastillas, no vale un poquito de agua, no vale irse a la cama.
Ningún loquero va a venir a sanarme a estas alturas porque voy a impedírselo.
Me voy haciendo fuerte negando lo evidente. Hasta que un día me duele porque debía doler, porque ya era hora, porque me he pasado últimamente de racional.
Echo de menos. Ni siquiera sé a quién ni a qué. Pero echo de menos.
Momentos, voces, lugares.
Me siento (¿estoy?) sola. Sola de ese tipo de soledad que no se cura con un buen libro o pisando hojas secas. Soy como ese gato callejero que te encuentras un día atropellado en mitad de la carretera, con todas esas tripas y esa sangre fuera manchando el asfalto; y piensas "Qué triste, ¡pobrecito!" y sigues tu camino. Ni te paras. Lo miras, lo compadeces y adiós muy buenas.
Quédate agonizando, gatito bonito. Recordando por qué no debías cruzar la carretera. Qué eran todas esas luces amarillas y qué anunciaban.
Porque nadie se va a parar para ti.
Al final, el alguien ha resultado ser nadie. Yo tenía razón, Camy.
¿Lo he pillado entonces?
Si me duele el estómago, me tomo un omeprazol. Si me duele la cabeza, un paracetamol. Y si ya tengo el día malo y decide dolerme una muela, un ibuprofeno, ¡que no se me hinche el moflete!
Pero, ¿y si me duele aquí dentro? Ese tipo de dolor característico de la soledad. Es decir, como cuando te duele el estómago pero no por comer tres trozos de tu pastel favorito, sino porque debía dolerte, porque ya era hora, porque te has pasado últimamente con la comida basura.
Ese tipo de dolor del que no te alegras, no sé si me entiendes. De ese que piensas: "Joder, no vuelvo a repetir. No va a volver a dolerme así." Hasta que caes de nuevo.
Es lo que tienen las ensaladas Manhattan del Mcdonald's y las patatas. Que juntos son una combinación catastrófica para el estómago. O también...o también...¡es lo que tienen todas esas horas despierta de noche con las lentillas puestas! Viendo series, o aguantando por aguantar. Y claro, te duermes con ellas sólo cinco minutos de nada y ya la cabeza te duele y los ojos se te hinchan.
O...esa dichosa muela que no estás dispuesta a presentarle a tu dentista. Porque te da miedo ese aparatito que, aunque no sabes cómo se llama, suena mucho y fatal y te da pánico.
Afortunadamente, todo se pasa. Una pastilla, un poquito de agua y a la cama.
¿Pero y si te duele aquí dentro? No valen pastillas, no vale un poquito de agua, no vale irse a la cama.
Ningún loquero va a venir a sanarme a estas alturas porque voy a impedírselo.
Me voy haciendo fuerte negando lo evidente. Hasta que un día me duele porque debía doler, porque ya era hora, porque me he pasado últimamente de racional.
Echo de menos. Ni siquiera sé a quién ni a qué. Pero echo de menos.
Momentos, voces, lugares.
Me siento (¿estoy?) sola. Sola de ese tipo de soledad que no se cura con un buen libro o pisando hojas secas. Soy como ese gato callejero que te encuentras un día atropellado en mitad de la carretera, con todas esas tripas y esa sangre fuera manchando el asfalto; y piensas "Qué triste, ¡pobrecito!" y sigues tu camino. Ni te paras. Lo miras, lo compadeces y adiós muy buenas.
Quédate agonizando, gatito bonito. Recordando por qué no debías cruzar la carretera. Qué eran todas esas luces amarillas y qué anunciaban.
Porque nadie se va a parar para ti.
Al final, el alguien ha resultado ser nadie. Yo tenía razón, Camy.
¿Lo he pillado entonces?
sábado, 22 de septiembre de 2012
Yo quería ser...
Cuando era pequeña, quería ser maestra de primaria. Lo tenía muy, muy claro...¡clarísimo! Echaba las tardes jugando a ser "La Seño" enseñando a un tal Luis que me había inventado y que, no sé cómo ni por qué, siempre suspendía todo; yo era tan buena, tan dulce, que tras los gritos y los "¡Luis, que no me estudias, eres muy inútil y tus papás no te van a querer nunca!", decidía ayudarlo a aprobar repitiéndole el examen. Y Luis lo realizaba junto a mí ¡y sacaba dieces! Tan contento él. Eso sí, no podría contárselo a su madre; lo que tenía que hacer era esforzarse a partir de ese momento, aunque me da la sensación de que no me escuchaba porque la historia era siempre la misma....
Un día me enteré de que los maestros no podían remediar tu pereza estudiantil chivándote las respuestas de los ejercicios en pleno control, así que decidí que era hora de olvidarme de esa profesión tan sumamente injusta.
Quise ser veterinaria durante mucho, mucho, mucho tiempo. Vivía entre animales y los adoraba, los amaba, ¡estaba loquita por ellos! Salvar perros, gatos, lobos, caballos, iguanas y salamandras se convirtió en mi vocación. Me dio tan, tan fuerte, que si alguien me preguntaba cómo me llamaba yo contestaba con un "¡Voy a ser veterinaria!". Ahí lo llevas, persona que pregunta. Hasta que, a una edad muy próxima a los doce años, mi padre me contó al oído que los veterinarios mataban animales y les metían el dedo por el culo; yo podía con lo del dedo en sus partes, pero matarlos aunque estuvieran para el arrastre no entraba en mis planes...
Adiós, veterinaria. Hola, biología.
Todavía recuerdo un vídeo que grabamos allá por...¿quinto de primaria? Yo tendría unos once años. En dicho vídeo, el maestro nos preguntaba nuestro nombre, edad y futuro oficio (a parte de otras estupideces dignas de callar). Mi respuesta fue breve pero intensa: "Bióloga. Una gran bióloga."
Poco duró ese sueño.
A los doce oí hablar (en la televisión, me parece) de la psicología, concretamente de la clínica, y me enamoré. Las asignaturas, el trabajo, el ayudar a los demás y entenderme mejor a mí misma, el PIR...todo lo referente a la psicología captaba mi atención hasta unos límites insospechados. Más que cualquier otra cosa.
Mis libros juveniles y de poesía fueron sustituidos por libros de autoayuda y de expertos en la materia que mi padre me compraba (o me permitía sacar de la biblioteca) a duras penas.
Llegaron los trece, los catorce, los quince...los dieciocho años, y mi sueño, mi verdadera vocación, continuaba siendo una de las carreras más demandadas de todas. Pero me importaba un comino porque yo sí iba a ser una buena psicóloga; tan sumamente buena, que en cuanto tuve la oportunidad de realizar Selectividad y cumplir mi meta, repetí curso. Así, por gusto.
Dio comienzo Bolonia. Yo era del Bachillerato Humanístico; requería ser de Ciencias de la Salud para acceder a dicho grado.
Adiós a ti también, psicología.
No podemos negar que era subnormalita.
Volví a tener una segunda oportunidad que desaproveché. Agoté el cartucho y me tocó joderme.
Que es que no podemos negar que era muy tonta del culo.
En Septiembre, con Selectividad aprobada y mi humor un poco los suelos, accedí a entrar en la carrera más decente que hubiera. No la había. Me decanté, inocente de mí, por "Lenguas Modernas y sus Literaturas", que me iban a dar alemán y a mí el alemán me encanta y soy buena en los idiomas y tiene pinta de ser un grado buenísimo, que es nuevo y blablabla...
Qué malo era el puñetero, qué organización más penca, ¡qué horror de todo! Menuda gente había allí, más tontos que yo si cabe.
Todo se resume en que le dije adiós también. Ya era una experta en despedirme de mis futuros empleos, por lo que no me dolía. El problema es que a mi padre (y a su bolsillo) sí; dato que desconocía por completo hasta ayer, que entre una cerveza de lata y patatas fritas se sinceró:
-Y qué va a estudiar tu hija. Se la ve muy lista, ¿a que sí eres inteligente, guapa? - preguntó la señora plasta dueña de las patatas fritas y la cerveza de lata que mi padre consumía.
-¿Lista? Esta no es lista. Si fuese lista no estaría donde está. Si tiene que estudiar van a ser unas oposiciones, se acabaron las universidades y los institutos, tanta tontería. Eso no sirve nada más que para gastar dinero; si quiere estudiar, que sean unas oposiciones, sino a limpiar o a trabajar en cualquier cosa. ¡Tanta carrerita!
Planeaba confesarme este fin de semana, explicarle mi maléfico plan de repetir Selectividad con las específicas de Salud para matricularme en Enfermería, que junto con psicología siempre me ha gustado y tiene más salidas; explicarle que haré, en un futuro, psicología clínica por la UNED, que me gustaría realizar el PIR porque soy una cabezona y que este año lo dedicaré a hacer cursitos del INEM, a ponerme el culo fuerte y a estudiar Biología y toda aquella asignatura que me asegure un diez de nota mínima en las pruebas de acceso universitario. Y que, si ambos me lo permitían (pidiendo ya mucho, mucho, mucho), querría invertir otra parte de mi tiempo en el curso de Auxiliar de Veterinaria y en continuar buscando cualquier trabajo de mierda que me permita ahorrar y pagarles los novecientos euros de matrícula que se gastaron para que yo la haya dejado como una hereje.
Que voy a mejorar mi nivel de inglés y japonés, a ponerme con el alemán y a esforzarme un montón en parecer inteligente. Pero visto lo visto y que le duele hasta pagarme el carnet de conducir, me da miedo, pánico y susto revelar cómo desearía que fuera mi "año sabático."
Creo que me voy a tirar por un puente, para salirles más barata. O a pedirles a los padres de alguna de mis amigas que me adopten, que ellos sí invierten en su educación.
Me veo sin carnet y sin estudios de aquí a tres años. Jo, no me quiere nadie.
Un día me enteré de que los maestros no podían remediar tu pereza estudiantil chivándote las respuestas de los ejercicios en pleno control, así que decidí que era hora de olvidarme de esa profesión tan sumamente injusta.
Quise ser veterinaria durante mucho, mucho, mucho tiempo. Vivía entre animales y los adoraba, los amaba, ¡estaba loquita por ellos! Salvar perros, gatos, lobos, caballos, iguanas y salamandras se convirtió en mi vocación. Me dio tan, tan fuerte, que si alguien me preguntaba cómo me llamaba yo contestaba con un "¡Voy a ser veterinaria!". Ahí lo llevas, persona que pregunta. Hasta que, a una edad muy próxima a los doce años, mi padre me contó al oído que los veterinarios mataban animales y les metían el dedo por el culo; yo podía con lo del dedo en sus partes, pero matarlos aunque estuvieran para el arrastre no entraba en mis planes...
Adiós, veterinaria. Hola, biología.
Todavía recuerdo un vídeo que grabamos allá por...¿quinto de primaria? Yo tendría unos once años. En dicho vídeo, el maestro nos preguntaba nuestro nombre, edad y futuro oficio (a parte de otras estupideces dignas de callar). Mi respuesta fue breve pero intensa: "Bióloga. Una gran bióloga."
Poco duró ese sueño.
A los doce oí hablar (en la televisión, me parece) de la psicología, concretamente de la clínica, y me enamoré. Las asignaturas, el trabajo, el ayudar a los demás y entenderme mejor a mí misma, el PIR...todo lo referente a la psicología captaba mi atención hasta unos límites insospechados. Más que cualquier otra cosa.
Mis libros juveniles y de poesía fueron sustituidos por libros de autoayuda y de expertos en la materia que mi padre me compraba (o me permitía sacar de la biblioteca) a duras penas.
Llegaron los trece, los catorce, los quince...los dieciocho años, y mi sueño, mi verdadera vocación, continuaba siendo una de las carreras más demandadas de todas. Pero me importaba un comino porque yo sí iba a ser una buena psicóloga; tan sumamente buena, que en cuanto tuve la oportunidad de realizar Selectividad y cumplir mi meta, repetí curso. Así, por gusto.
Dio comienzo Bolonia. Yo era del Bachillerato Humanístico; requería ser de Ciencias de la Salud para acceder a dicho grado.
Adiós a ti también, psicología.
No podemos negar que era subnormalita.
Volví a tener una segunda oportunidad que desaproveché. Agoté el cartucho y me tocó joderme.
Que es que no podemos negar que era muy tonta del culo.
En Septiembre, con Selectividad aprobada y mi humor un poco los suelos, accedí a entrar en la carrera más decente que hubiera. No la había. Me decanté, inocente de mí, por "Lenguas Modernas y sus Literaturas", que me iban a dar alemán y a mí el alemán me encanta y soy buena en los idiomas y tiene pinta de ser un grado buenísimo, que es nuevo y blablabla...
Qué malo era el puñetero, qué organización más penca, ¡qué horror de todo! Menuda gente había allí, más tontos que yo si cabe.
Todo se resume en que le dije adiós también. Ya era una experta en despedirme de mis futuros empleos, por lo que no me dolía. El problema es que a mi padre (y a su bolsillo) sí; dato que desconocía por completo hasta ayer, que entre una cerveza de lata y patatas fritas se sinceró:
-Y qué va a estudiar tu hija. Se la ve muy lista, ¿a que sí eres inteligente, guapa? - preguntó la señora plasta dueña de las patatas fritas y la cerveza de lata que mi padre consumía.
-¿Lista? Esta no es lista. Si fuese lista no estaría donde está. Si tiene que estudiar van a ser unas oposiciones, se acabaron las universidades y los institutos, tanta tontería. Eso no sirve nada más que para gastar dinero; si quiere estudiar, que sean unas oposiciones, sino a limpiar o a trabajar en cualquier cosa. ¡Tanta carrerita!
Planeaba confesarme este fin de semana, explicarle mi maléfico plan de repetir Selectividad con las específicas de Salud para matricularme en Enfermería, que junto con psicología siempre me ha gustado y tiene más salidas; explicarle que haré, en un futuro, psicología clínica por la UNED, que me gustaría realizar el PIR porque soy una cabezona y que este año lo dedicaré a hacer cursitos del INEM, a ponerme el culo fuerte y a estudiar Biología y toda aquella asignatura que me asegure un diez de nota mínima en las pruebas de acceso universitario. Y que, si ambos me lo permitían (pidiendo ya mucho, mucho, mucho), querría invertir otra parte de mi tiempo en el curso de Auxiliar de Veterinaria y en continuar buscando cualquier trabajo de mierda que me permita ahorrar y pagarles los novecientos euros de matrícula que se gastaron para que yo la haya dejado como una hereje.
Que voy a mejorar mi nivel de inglés y japonés, a ponerme con el alemán y a esforzarme un montón en parecer inteligente. Pero visto lo visto y que le duele hasta pagarme el carnet de conducir, me da miedo, pánico y susto revelar cómo desearía que fuera mi "año sabático."
Creo que me voy a tirar por un puente, para salirles más barata. O a pedirles a los padres de alguna de mis amigas que me adopten, que ellos sí invierten en su educación.
Me veo sin carnet y sin estudios de aquí a tres años. Jo, no me quiere nadie.
lunes, 13 de agosto de 2012
'Trautes Heim, Glück allein...'
Hace, aproximadamente, una semana desde que regresé de Alemania y Austria.
Siete días estuvimos por tierras norteñas mi familia y yo; y para mí fue incluso mejor que la primera vez. Porque con veinte años ves las cosas más bonitas (y realistas) que con doce y trece y medio.
El problema lo trae la vuelta. No tanto la despedida a esos paisajes verdes sino el retorno y el nuevo hola a un país lleno de incendios y subnormales y a una casa a la que no se la puede llamar hogar. Y es que aquello es tan simple, tan puro, que llegar a estos lares y andar por una acera repleta de colillas y mierda humana se torna un poquito asquerosete.
Yo siempre he querido a mi país, que conste. Pero comparar es fácil y la pobre España sale perdiendo por goleada, más aún cuando Granada se te hace tan minúscula que te la recorrerías una noche de paseo y más aún cuando sabes que si te marchases echarías más en falta los saltos de tu perro que las sonrisas de muchas personas.
Así que entre pensamiento y pensamiento acerca de tu futuro, se te cuela la imaginación despiadada y se pone a hacer de las suyas: inventa una casita de madera y un jardín, dos perros de diferentes narices y una chimenea dispuesta a calentar el salón las tardes de invierno.
Café y zumo de naranja para desayunar acompañados de embutidos, panecillos adornados con pipas y Nutella lista para untar. Gulash para comer, un trocito de una Schwarzwälder kirschtort casera de postre. De merienda unas cerezas o unos arándanos y para la cena salchichas, que no se pierda la costumbre, junto con kartoffelsalat.
A la mañana un paseo, a la noche otro. Entre pinares y vacas y el murmullo de más de un río.
Trabajar unas horas justas para cobrar un sueldo justo. Que se valore lo que haces, que no tengas que lamer veinte culos para salvarte el puesto. Porque en Alemania tienen las cabezas tan cuadradas que siempre van de cara aunque te duelan las verdades que te dicen sonriendo; no hay medias tintas. Y eso se agradece cuando vives en un país donde se lleva más el pegar puñaladas por la espalda.
Tratar a tu perro como alguien de la familia ante cualquiera porque nadie va a venir a decirte que el perro tiene su lugar y tú tienes el tuyo porque andas con dos piernas y no con cuatro. Ni nadie va a venir a decirme que no me siente en una cafetería a tomarme un té junto a mi perro vaya que le moleste porque, allí, ningún animal molesta.
Molestan los gritos humanos, el coleteo alegre de un animal no supone amenaza.
No sé de qué podría trabajar.
El sector de la sanidad es demandado y con lo que me atrae a mí el tratar cabezas de marginados sociales o el toquetear jeringuillas, no me importaría estudiar psicología que enfermería que meterme en un laboratorio.
O de auxiliar de veterinaria y peluquera canina; o auxiliar y adiestradora; o auxiliar y...
El japonés podría servirme, un chino básico y un árabe básico también. Mi propio idioma, el inglés, algo de francés. Podría trabajar en una Kurhaus o similar, o a lo mejor acabo de camarera o de dependienta...
No lo sé. Y este punto es el único que me tortura porque es a muy medio/largo plazo y yo soy impaciente por naturaleza.
Gracias a Dios, dudo mucho que me fuera sola y, mientras yo decido en qué invierto mis horas (si es que no he logrado vislumbrarlo ya), tendré de acompañante a la única persona que no me sobra nunca. Tampoco sé qué hará él, pero poco me importa porque suele centrar más la cabeza en buscarse la vida que en estropeársela con pensamientos suicidas.
Lo que sí tengo muy, muy, muy claro...¡es que las compras las realizaré en Freiburg! Que mis hijos visitarán Schonach un mes al año (se rumorea que de aquí a un tiempo tendrán que jubilar un reloj de cuco que se dice es el más grande del mundo y, claro, sea el pajarillo jubilado o el nuevo empleado, yo quiero que lo vean piar con los ojos desorbitados anunciando las doce) y que haré que mi pareja pedalee al menos una vez a la semana en el lago Titisee como muestra de su amor.
Munich y Austria nos pillan cerquita, tan cerquita que vete tú a saber si no podríamos irnos allí algún que otro verano de vacaciones. Sino...el norte. Porque sino vivo en Dortmund tendré que visitarlo y volver a enamorarme de esa ciudad mitad verde hierba mitad gris asfalto.
Y que no me hagan hablar de los trajes típicos, porque a mí a "maricona" no me gana nadie y se iban a tener que llevar ¡casi todos los días del año!
Soy un poco inocente e ingenua, que me conozco. Lo veo todo muy rosita y facilón y si algún día me toca ir allí me voy a pegar semejante hostia en la cara que tú verás si despierto yo del sueño. Pero es que claro, aquí es todo tan difícil, aquí me cuesta tanto verme fuera de casa y con trabajo y ya no digamos con expectativas de ahorrar para ver mundo y...que no. Que es que aquí es todo muy negro. No hay nada y lo poco que teníamos nos lo están quitando porque somos imbéciles.
Fíjate tú si somos imbéciles que ni siquiera protestamos como debe ser.
Por eso tengo tantas ganas de irme, digo yo. Por eso y porque el calor y el aburrimiento me queman las neuronas. Por eso no me importaría estudiar algo que me guste a medias tintas si luego me dará de comer a mí y a alguien más. ¡Por eso quiero ahorrar y no me he comprado aún un iPod Shuffle, hombre!
Por eso. Porque España cada vez me da más urticaria y lo único que echaría en falta se quiere venir conmigo; ¿así quién no se va a vivir a Alemania o a Filipinas?
sábado, 28 de julio de 2012
Tontos muy tontos.
Mi padre siempre ha dicho que darle dinero a un tonto es cometer un error, y tiene razón. Porque el tonto se crece y se piensa que posee independencia, fuerza e inteligencia; que esté solo o no (y que esté loco o no, hay tontos muy chiflados) todo lo que desee lo va a lograr y que los demás no van a interponerse en su camino porque, repito, se creen con virtudes de las que carecen.
Los tontos muy tontos que además son chiflados no sólo se inventan a sí mismos mucho mejores de lo que son, sino que se hacen víctimas de todos aquellos que le rodean. Son destructivos, lobos con piel de cordero. Ellos siembran mal a su alrededor y esperan no recogerlo porque no lo ven; el día que el mal sembrado aparezca resultará que no es suyo, sino tuyo. O de tu prima la del pueblo, quién sabe.
Los tontos muy tontos que además son chiflados suelen andarse con amenazas e insultos, gritos. Se les llena la boca de "hijos de puta" y de "yo te mato", de mierda pura que regalan sin miramientos por doquier. Las manos las cargan de violencia y basta que pases a su lado para que intenten hincarte las uñas en la piel o arrancarte tu hermosa cabellera.
Los tontos muy tontos que además son chiflados no quieren ser felices, o eso aparentan. Están tan ocupados humillándote y destruyéndote que se olvidan de su propia felicidad. A veces la rozan: cuidan su autoestima, la familia y amigos los adoran y se preocupan por su vida más que por la tuya (por destrozarla, claro, ellos se preocupan de destrozarla). El problema es que acaban cediendo a sus impulsos culebroneros (término con el que hago referencia a esas personas que se pasan toda su existencia comportándose como si protagonizaran una telenovela venezolana) y vuelven a las andadas.
Los tontos muy tontos que además son chiflados cansan, agotan, asesinan la paciencia. Y llega un momento en el que o escapas o explotas...¡o acabas como ellos!
Yo a mis años de niña pequeña que jugaba con muñecas, lloraba porque la familia de mi madre está llena de tontos muy tontos que además son chiflados; mi abuelo es el peor, aunque mi madre, mi abuela y una prima segunda no se quedan cortos (el resto andan ahí, ahí en la cuerda floja...).
Yo lloraba porque mi padre era cruel y, aunque de broma, me decía que yo acabaría como mi madre o como mi prima o como cualquiera de esa familia extraña con apellido de árbol. "Yo no quiero, papá, ¡no quiero!", exclamaba angustiada, "¡quiero que te busques una novia veterinaria!". Entre sus risas y mis llantos se acababa la discusión.
Ahora que mi madre posee dinero y, por tanto, se cree con poder* no cesan en mi cabeza esas ridículas conversaciones que mantenía con mi padre ni las veces que me irrité creyendo que yo sería su vivo reflejo, su viva imagen (pero con menos tetas). Aún me asusta. Aguanté muchas estupideces por su culpa, crecí a través de mi propia autodestrucción y todavía le guardo rencor por aquel año que se quedaba junto a aquellas escaleras, a unas cinco calles de mi colegio, cuando esas niñas asquerosas buscaban "jugar a las palmitas" con mi cara cada día a la salida del colegio.
Mi madre es una tonta muy tonta que además es chiflada.
Pero la paciencia tiene un límite y eso ya lo sabemos todos.
*Una persona en su sano juicio no se creería más guay ni más poderosa ni fuerte por tener cuatro euros en el banco, pero hay gente así de tonta que sí, que porque le den cuatro duros ya se ve como un multimillonario que puede despreciar a los demás.
*Esta entrada está patrocinada por mi salud mental, que agradece enormemente que la haya escrito. Porque un día de estos yo me vuelvo tó loca.
lunes, 9 de julio de 2012
Gregor Samsa.
El año pasado, allá casi por principios de Julio, llegó Gregor Samsa (llamado así en honor a mi libro favorito, no porque sea una hortera). Era pequeño, juguetón y se dormía en cualquier parte.
No costó un duro. La jaula veinte euros junto al serrín. Desconocíamos su edad, pero el dueño de la tienda de animales aseguró que no tenía más allá de seis meses.
Hoy ha muerto. O yo me lo he encontrado en ese estado; tumbado, al lado de ese dichoso tubo en el que se metía, con los ojos medio cerrados. Estaba precioso. Y haciendo de sombrero, un moscardón de mirada roja y patas negras. Totalmente asqueroso, denigrante, acariciaba sus patitas delanteras una y otra vez como si estuviese planeando algo y, a pesar de mis gritos mezclados con lloriqueos de niña pequeña, no se iba. Se quedaba encima de su cabeza, quieto, planeando. Entonces, he zarandeado la jaula y ha salido deprisa, muy deprisa, tan deprisa que ni siquiera le ha dado tiempo a pensar dónde posarse. Se ha colocado en la pared tras revolotear breves instantes; mi zapatilla ha dado de lleno contra su cabeza y apostaría a decir que ha explotado.
Me he cargado un moscardón conscientemente, yo, que jamás mato insectos, que adoro a todo bicho viviente. Yo. Mas se lo merecía...¡ese dichoso insecto no se iba! ¡No dejaba en paz a mi pequeño Gregor, no hacía caso de mi llanto, no se iba, joder! Sólo planeaba con sus dichosas patitas negras, como si me estuviese susurrando desde su privilegiada posición: "Eh, tú, humana fea; ¿sabes? Yo sabía que él moriría, he planeado su muerte...¡voy a devorarlo!".
No podía consentirlo. Igual que el sábado no pude consentir que aquella estúpida hormiga atacara a la avispa que mi novio y yo salvamos de morir ahogada en la piscina.
Hoy por hoy, definitivamente, puedo asegurar que odio a las moscas.
miércoles, 13 de junio de 2012
Una chispita de mala leche.
Últimamente vivo entre apuntes; entre apuntes y meados de mi perro (esto menos, gracias a mi madre), lo que significa que mi humor cuando estoy en casa suele ser entre bajo e inexistente. Ya de por sí estar en mi habitación morada y pistacho es horrible y desesperante, pero cuando no me queda otra que hacerlo acompañada de miles de folios es incluso peor.
Digamos que me exaspera. Y digamos también que cualquier cosa se vuelve muchísimo más interesante cuando tienes que concentrar todos tus sentidos en comprender, aprender y memorizar: el aleteo de un moscardón, los gritos de los albañiles, el gato de la vecina, dibujar unicornios que poseen chalets con piscina, pensar...En especial esto último. Bueno, y lo de los dibujos.
Como mi forma de ser dista mucho de parecerse a la de una chica de veinte años centrada, madura y con las cosas más que claras, suelo darle más de tres vueltas a la idea de mi futuro. Sí, vamos, eso de "¿y qué voy a hacer yo con mi vida, Virgencita del Pompiyo? Mira, mira, mira...mi novio, el negro ese, me buscó un cursillo de auxiliar de veterinaria ¡y yo amo a los animales! Pero tía, están de caros los cursos...y a mi perro le faltan un montón de mesezacos para que yo pueda ganar dinero a costa de sus polvazos...así que tía, no sé qué hacer. Quiero apuntarme pero mientras tendré que continuar haciendo algo. La carrera barata no es...y yo no quiero prostituirme...y Virgencita del Pompiyo mía, la gente que hay es imbécil y me irrita y...puf. Los grados superiores no me llaman la atención...Jo, Virgencita, no sé qué hacer...Yo lo que quiero es rascarme mi hermoso chirri mientras veo series y devoro palomitas del Mercadona, jo...". Todo eso pienso yo en un rato, más tarde en otro, y en otro, y en otro...Siempre para llegar a la misma conclusión: como no sé qué camino escoger, prefiero tocarme el ombligo.
Claro que la idea a largo plazo no resulta agradable. Me imagino deprimida, sola y con treinta gatos sordos (los perros me aportan demasiada compañía y evitarían mi depresión).
Me gusta la idea de trabajar, de emplear mi tiempo en algo interesante mientras me pagan; claro que fijaos a vuestro alrededor y ahora decidme: ¿verdaderamente creéis que doblar camisetas y reponer shorts con encajes es interesante? ¿Divertido? ¿Aporta algo? No, seamos sinceros, ¡no! Así que mi gozo en un pozo. Yo es que soy un tanto delicada (y burguesita) y lo quiero todo. Hombre, si me sale un curro yo quejarme no me quejaré, pero que ya se sabe uno cómo pensamos la juventud...
Sinceramente, mi futuro es lo que más me cabrea. Pensar en él me pone de muy mala leche y como es lo que más hago estando encerrada entre estas cuatro paredes, la cosa siempre va a más; cuando mi cabeza se cansa de darle rodeos al temita, pasa al siguiente: que puede ser cualquiera. Generalmente, pienso en peleas (sí, para animarme el ánimo): en cosas que no dije o no hice en X enfrentamiento con quien fuera (puede que "quien fuera" no esté ya ni en mi vida, claro que a mí me da todo igual). Me concentro y me imagino la situación; cómo respondería ahora, qué haría...Todo la mar de divertido. Hasta que mi mala leche comienza a evolucionar un poquito. Entonces, paso a otros asuntos de mayor calibre, como mi madre. Peor, peor, peor...Mi prima y sus tetas, o mi tía Yolanda y su forma de criar a esos demonios que tiene por hijos. Mi cuñado, a veces. La universidad, los imbéciles de mi clase, mis amigos. Los suyos. En todo. Vamos, que me monto yo ahí un popurrí bueno. Tan, tan, tan bueno...que la única forma de calmar mi enfado es ponerme canciones asquerosas que ni me gustan ni nada para que sustituyan en mi mente a los motivos de mi cabreo; eso o escuchar canciones Disney.
En estos últimos meses he notado que, a causa de mis encerramientos (siempre involuntarios), ha ido aumentando mi mal carácter. Antes sólo aparecía con mi familia, ¡ahora no hay quien me pare, habéis despertado a la furia del dragón!
No veo nada de malo en ello, no lo negaré. Siempre y cuando no salga por estupideces, eso ya son palabras mayores. Gracias a él me defiendo y digo las cosas más claras (y bordes) si cabe; más sarcásticas, más...yo. Y eso es divertido, al menos para mí cuando lo recuerdo (sé que el resto no opina lo mismo).
El problema que veo es que a ver si de tanto darle de comer a mi mala follá luego no hay quien la pare y me vuelvo (aún más) insoportable...¡Así que dejad de despertad la furia del dragón y sacadme y dadme un trabajo digno y mucho dinero y un piso en Novosur o en alguna zona bonita con jardines y piscina y pista de tenis y un gato que oiga, joder! ¡¡Y GRATIS!!
Digamos que me exaspera. Y digamos también que cualquier cosa se vuelve muchísimo más interesante cuando tienes que concentrar todos tus sentidos en comprender, aprender y memorizar: el aleteo de un moscardón, los gritos de los albañiles, el gato de la vecina, dibujar unicornios que poseen chalets con piscina, pensar...En especial esto último. Bueno, y lo de los dibujos.
Como mi forma de ser dista mucho de parecerse a la de una chica de veinte años centrada, madura y con las cosas más que claras, suelo darle más de tres vueltas a la idea de mi futuro. Sí, vamos, eso de "¿y qué voy a hacer yo con mi vida, Virgencita del Pompiyo? Mira, mira, mira...mi novio, el negro ese, me buscó un cursillo de auxiliar de veterinaria ¡y yo amo a los animales! Pero tía, están de caros los cursos...y a mi perro le faltan un montón de mesezacos para que yo pueda ganar dinero a costa de sus polvazos...así que tía, no sé qué hacer. Quiero apuntarme pero mientras tendré que continuar haciendo algo. La carrera barata no es...y yo no quiero prostituirme...y Virgencita del Pompiyo mía, la gente que hay es imbécil y me irrita y...puf. Los grados superiores no me llaman la atención...Jo, Virgencita, no sé qué hacer...Yo lo que quiero es rascarme mi hermoso chirri mientras veo series y devoro palomitas del Mercadona, jo...". Todo eso pienso yo en un rato, más tarde en otro, y en otro, y en otro...Siempre para llegar a la misma conclusión: como no sé qué camino escoger, prefiero tocarme el ombligo.
Claro que la idea a largo plazo no resulta agradable. Me imagino deprimida, sola y con treinta gatos sordos (los perros me aportan demasiada compañía y evitarían mi depresión).
Me gusta la idea de trabajar, de emplear mi tiempo en algo interesante mientras me pagan; claro que fijaos a vuestro alrededor y ahora decidme: ¿verdaderamente creéis que doblar camisetas y reponer shorts con encajes es interesante? ¿Divertido? ¿Aporta algo? No, seamos sinceros, ¡no! Así que mi gozo en un pozo. Yo es que soy un tanto delicada (y burguesita) y lo quiero todo. Hombre, si me sale un curro yo quejarme no me quejaré, pero que ya se sabe uno cómo pensamos la juventud...
Sinceramente, mi futuro es lo que más me cabrea. Pensar en él me pone de muy mala leche y como es lo que más hago estando encerrada entre estas cuatro paredes, la cosa siempre va a más; cuando mi cabeza se cansa de darle rodeos al temita, pasa al siguiente: que puede ser cualquiera. Generalmente, pienso en peleas (sí, para animarme el ánimo): en cosas que no dije o no hice en X enfrentamiento con quien fuera (puede que "quien fuera" no esté ya ni en mi vida, claro que a mí me da todo igual). Me concentro y me imagino la situación; cómo respondería ahora, qué haría...Todo la mar de divertido. Hasta que mi mala leche comienza a evolucionar un poquito. Entonces, paso a otros asuntos de mayor calibre, como mi madre. Peor, peor, peor...Mi prima y sus tetas, o mi tía Yolanda y su forma de criar a esos demonios que tiene por hijos. Mi cuñado, a veces. La universidad, los imbéciles de mi clase, mis amigos. Los suyos. En todo. Vamos, que me monto yo ahí un popurrí bueno. Tan, tan, tan bueno...que la única forma de calmar mi enfado es ponerme canciones asquerosas que ni me gustan ni nada para que sustituyan en mi mente a los motivos de mi cabreo; eso o escuchar canciones Disney.
En estos últimos meses he notado que, a causa de mis encerramientos (siempre involuntarios), ha ido aumentando mi mal carácter. Antes sólo aparecía con mi familia, ¡ahora no hay quien me pare, habéis despertado a la furia del dragón!
No veo nada de malo en ello, no lo negaré. Siempre y cuando no salga por estupideces, eso ya son palabras mayores. Gracias a él me defiendo y digo las cosas más claras (y bordes) si cabe; más sarcásticas, más...yo. Y eso es divertido, al menos para mí cuando lo recuerdo (sé que el resto no opina lo mismo).
El problema que veo es que a ver si de tanto darle de comer a mi mala follá luego no hay quien la pare y me vuelvo (aún más) insoportable...¡Así que dejad de despertad la furia del dragón y sacadme y dadme un trabajo digno y mucho dinero y un piso en Novosur o en alguna zona bonita con jardines y piscina y pista de tenis y un gato que oiga, joder! ¡¡Y GRATIS!!
jueves, 24 de mayo de 2012
El día que ligué por Internet.
Un poquito harta de que mi blog sea mi psicólogo, he decidido contar un poquito acerca de mi vida (que no es interesante ni mucho menos) para ver si así los tres idiotas que me leen dejan de hacerlo. Y, para qué nos vamos a engañar, porque este es mi blog y escribo lo que me da la gana, vamos a ver.
Total. Que anoche, mientras me hacía una orgía con los mosquitos en mi habitación, me acordé del día que ligué por Internet. Bueno, uno de tantos, pero es que ese me llegó hondo.
La que por aquel entonces era mi mejor amiga era muy asidua a meterse en chats de estos malos a rabiar donde te podías encontrar quince mil ochocientos treinta y tres tíos salidos deseando enseñarte la verga; nosotras, como buenas adolescentes de catorce añitos que éramos (inocentes, tiernas, dulces...ya sabéis), nos metíamos para...hacer estudios sobre el comportamiento masculino detrás de una pantalla. Ella quería ser administrativa y yo psicóloga, así que estábamos en nuestro derecho de hacer lo que nos saliera del pokémon.
Un día, aburrida yo en casa porque mi querida amiga se había ido a no sé dónde (¿a hacerse la cera?, yo qué sé), decidí meterme solita (siempre lo hacíamos juntas, que así quedaba más guay, más maduro, más de guarrillas) en uno de los chats para ver si conseguía reírme un rato de tanto desesperado. Así que, ni corta ni perezosa, abrí una ventana en el Explorer (¡en el Explorer!, ¡madre de Dios!), puse el nombre en el buscador, clické y elegí mi nick de siempre: "chica_aburrida" (la otra se ponía "rubita_cachonda" o algo terminado en "69", yo era más simple que el mecanismo de un chupete) y, nada más entrar, ya tenía a ocho desesperados hablándome ansiosos de sacarme de mi estado de aburrimiento.
"Uy, wapa, k tal jejeje tas avuridita en kasika", "ola, vomboncin", "k pasaaaaaaaa" y demás variantes.
A los primeros y a los segundos, que solía denominarlos "Cuadernillos Rubio" por eso de que les hacían falta unos cuantos, los ignoraba a pesar de que siempre, siempre, siempre seguían insistiendo (¿no hay más tías, cabrón?, déjame ya, hombre) y a los que eran tipo el tercero les daba una oportunidad hasta que me preguntaban por mi talla de sujetador.
A la media hora, más o menos, comencé a aburrirme porque hablar con subnormales en soledad no era tan divertido como me parecía al principio, así que pensé que sería mejor cerrar el chat y a tomar por culo, hasta que...
-¡Hola!
¡Coño! Ha puesto "Hola" con dos signos de exclamación y con "h".
*Hola.
- Jajajaja. ¿Qué tal?
*Ehm...bien, ¿y tú?
Mi extrañeza iba, especialmente, porque me había preguntado por cómo estaba. No era un "¿quieres ver mi pollita, querida?" ni un "¿me enseñas las tetas, preciosa?", no. Era un "¿qué tal?", un "venga, cuéntame tus problemas, o dime de dónde eres...¡lo que gustes!" en toda regla.
El chico en cuestión tenía diecinueve años, era de mi ciudad y se llamaba Ismael (aunque todos lo llamaban "Prety" o "Proty" o algo parecido); estaba estudiando una carrera y se metió al chat para buscar a una amiga suya (ya, ya, ya) que solía frecuentarlo.
Tener diecinueve años y ser un madurito eran sinónimos en mi mente, así que pensaba que hablaba con algo parecido a lo de la foto. Ay, ¡omá! No tenía yo fe.
La conversación con Proty (lo llamaremos así) fue muy simple: un qué estudias por aquí, un qué te gusta por allá, un qué edad tienes por ahí, un dame tu MSN que me agobian las mujercitas salidas de este chat por allí...
Se lo di. Nos tiramos prácticamente toda la tarde hablando sobre Pokémon y demás estupideces que paso de hacer el amago de recordar. Aproximadamente, nos tiramos chateando todas las tardes enteras durante un mes, mes y medio, hasta que mi querida amiga se enteró. Porque no, no se lo había dicho; yo no sabía que eso era un pecado mortal en el mundo de las amigas, por lo que no lo vi como algo malo...pero ella sí. Oh, vaya que sí. ¡Le estaba ocultando mi "romance"!
Nuestra relación estaba ya un tanto desgastada, lo que hizo que ella se sintiese traicionada y pasase a no hablarme durante un tiempo. A mí me daba igual, claro está; yo el bullying en clase lo sufría en soledad (era de las pringadas, sí) y por la tarde tenía a don Proty y a mi querida mallorquina para entretenerme.
La mallorquina fue otra que se lo tomó un poco a mal. Es que claro, yo no la dejaba de lado, pero aún así esas cosas molestan; que de repente aparezca un subnormal de un chat de salidos y te quite a tu nueva amiga del mundo digital no mola. No mola nada. A pesar de que lleves ya casi un año hablando con ella y siempre critiquéis lo mismo, no mola.
Ella mostró su enfado de otra forma: me lo dijo directamente. "Tía, deja ya al Proty, que es muy pesado". Hice caso omiso. "Jo, Proty no es pesado ni un salido, es un chico normal, pobrecito." Divina inocencia.
Pasados unos dos meses más, el muchacho comenzó a hacerse cansinete con el tema de las fotos y de vernos. Yo pasaba de que me secuestrara o me violara, así que pasaba de él. Hasta que el muy loco puso mi nick de antaño (era un nick raro, raro, raro, raro, raro...vamos, que no era muy difícil localizarlo) en Internet y encontró mi Netlog (por aquel entonces se llamaba de otra forma), red social que yo tenía pública con veinte mil fotos de japoneses, doramas, películas...y dos o tres mías con mis perros. Porque soy subnormal (tranquilos, las eliminé).
Así que, ni corto ni perezoso, empezó a pasármelas por el MSN y..."¡DIOS, QUE SOY YO!". Y entre mi personalidad amorosa, dulce, inocente, borde y divertida y mi carita de niña buena y angelical y mi cuerpo con cadera, culo gordo y tetas inexistentes...conquisté a Proty (quizás los perros tuvieron también algo que ver...).
Proty se volvió pesado de cojones. "Venga, vamos a vernos; es que me parece increíble que no confíes en mí...", "¿por qué no quieres conocerme?". "que no muerdo, mujer...si no te dejas yo no muerdo...", "me gustas mucho y, de verdad, querría verte en persona" y demás manipulaciones perversas eran utilizadas por su mente de madurito universitario para llevarme al lado oscuro.
Una lástima que nada funcionara conmigo. Ni siquiera que me pusiera la cam y me pasara una foto. Porque el muchacho no era feo, no, era un tío simplón con restos de granos en la cara y el pelo despeinado. Pero yo era una niña de catorce años de las que ya no quedan, que pensaba en leer, en escribir, en correr tras las salamandras del campo los domingos y cuyo corazón pertenecía a Viggo Mortensen. Me parece que lo único de mujercita que hacía a esa edad era depilarme...Seguro que si Proty hubiera sabido que un año después llevaría gafas y el pelo se me pondría asqueroso, no me habría querido. Ah, y que adelgazaría aún más...
La última semana que tuve contacto con él, estaba charlando alegremente con mi mallorquina sobre blogs japoneses cuando él me dijo que le interesaría conocerla porque eso de estudiar japonés de forma autónoma no le convencía (todo lo que me interesaba a mí, pasó a interesarle a él). Así que le pregunté y ella aceptó, total, qué más daría.
La que liaron. Una semana peleándose; Proty decía que era una engreída de mierda que iba de "sé más que tú porque voy a clases de japonés" y ella decía que él era gilipollas, así a secas, no eran necesarias razones.
Entonces, el chico del chat de salidos cometió un error. Discutió fuertemente con ella (no preguntéis) y me puso entre la espada y la pared:
-No me gustan nada tus amigas. Es que en serio, esta tía no te pega nada...Y yo paso de hablar más con ella, lo siento...blablablablablablabla...Así que yo sólo te digo una cosa: o hablas conmigo, o hablas con ellas. Paso de querer estar con una chica con semejantes energúmenos por amigas, por muy mal que suene.
Y en cuestión de cinco segundos, le di a No Admitir y lo eliminé del MSN para siempre.
Total. Que anoche, mientras me hacía una orgía con los mosquitos en mi habitación, me acordé del día que ligué por Internet. Bueno, uno de tantos, pero es que ese me llegó hondo.
La que por aquel entonces era mi mejor amiga era muy asidua a meterse en chats de estos malos a rabiar donde te podías encontrar quince mil ochocientos treinta y tres tíos salidos deseando enseñarte la verga; nosotras, como buenas adolescentes de catorce añitos que éramos (inocentes, tiernas, dulces...ya sabéis), nos metíamos para...hacer estudios sobre el comportamiento masculino detrás de una pantalla. Ella quería ser administrativa y yo psicóloga, así que estábamos en nuestro derecho de hacer lo que nos saliera del pokémon.
Un día, aburrida yo en casa porque mi querida amiga se había ido a no sé dónde (¿a hacerse la cera?, yo qué sé), decidí meterme solita (siempre lo hacíamos juntas, que así quedaba más guay, más maduro, más de guarrillas) en uno de los chats para ver si conseguía reírme un rato de tanto desesperado. Así que, ni corta ni perezosa, abrí una ventana en el Explorer (¡en el Explorer!, ¡madre de Dios!), puse el nombre en el buscador, clické y elegí mi nick de siempre: "chica_aburrida" (la otra se ponía "rubita_cachonda" o algo terminado en "69", yo era más simple que el mecanismo de un chupete) y, nada más entrar, ya tenía a ocho desesperados hablándome ansiosos de sacarme de mi estado de aburrimiento.
"Uy, wapa, k tal jejeje tas avuridita en kasika", "ola, vomboncin", "k pasaaaaaaaa" y demás variantes.
A los primeros y a los segundos, que solía denominarlos "Cuadernillos Rubio" por eso de que les hacían falta unos cuantos, los ignoraba a pesar de que siempre, siempre, siempre seguían insistiendo (¿no hay más tías, cabrón?, déjame ya, hombre) y a los que eran tipo el tercero les daba una oportunidad hasta que me preguntaban por mi talla de sujetador.
A la media hora, más o menos, comencé a aburrirme porque hablar con subnormales en soledad no era tan divertido como me parecía al principio, así que pensé que sería mejor cerrar el chat y a tomar por culo, hasta que...
-¡Hola!
¡Coño! Ha puesto "Hola" con dos signos de exclamación y con "h".
*Hola.
- Jajajaja. ¿Qué tal?
*Ehm...bien, ¿y tú?
Mi extrañeza iba, especialmente, porque me había preguntado por cómo estaba. No era un "¿quieres ver mi pollita, querida?" ni un "¿me enseñas las tetas, preciosa?", no. Era un "¿qué tal?", un "venga, cuéntame tus problemas, o dime de dónde eres...¡lo que gustes!" en toda regla.
El chico en cuestión tenía diecinueve años, era de mi ciudad y se llamaba Ismael (aunque todos lo llamaban "Prety" o "Proty" o algo parecido); estaba estudiando una carrera y se metió al chat para buscar a una amiga suya (ya, ya, ya) que solía frecuentarlo.
Tener diecinueve años y ser un madurito eran sinónimos en mi mente, así que pensaba que hablaba con algo parecido a lo de la foto. Ay, ¡omá! No tenía yo fe.
La conversación con Proty (lo llamaremos así) fue muy simple: un qué estudias por aquí, un qué te gusta por allá, un qué edad tienes por ahí, un dame tu MSN que me agobian las mujercitas salidas de este chat por allí...
Se lo di. Nos tiramos prácticamente toda la tarde hablando sobre Pokémon y demás estupideces que paso de hacer el amago de recordar. Aproximadamente, nos tiramos chateando todas las tardes enteras durante un mes, mes y medio, hasta que mi querida amiga se enteró. Porque no, no se lo había dicho; yo no sabía que eso era un pecado mortal en el mundo de las amigas, por lo que no lo vi como algo malo...pero ella sí. Oh, vaya que sí. ¡Le estaba ocultando mi "romance"!
Nuestra relación estaba ya un tanto desgastada, lo que hizo que ella se sintiese traicionada y pasase a no hablarme durante un tiempo. A mí me daba igual, claro está; yo el bullying en clase lo sufría en soledad (era de las pringadas, sí) y por la tarde tenía a don Proty y a mi querida mallorquina para entretenerme.
La mallorquina fue otra que se lo tomó un poco a mal. Es que claro, yo no la dejaba de lado, pero aún así esas cosas molestan; que de repente aparezca un subnormal de un chat de salidos y te quite a tu nueva amiga del mundo digital no mola. No mola nada. A pesar de que lleves ya casi un año hablando con ella y siempre critiquéis lo mismo, no mola.
Ella mostró su enfado de otra forma: me lo dijo directamente. "Tía, deja ya al Proty, que es muy pesado". Hice caso omiso. "Jo, Proty no es pesado ni un salido, es un chico normal, pobrecito." Divina inocencia.
Pasados unos dos meses más, el muchacho comenzó a hacerse cansinete con el tema de las fotos y de vernos. Yo pasaba de que me secuestrara o me violara, así que pasaba de él. Hasta que el muy loco puso mi nick de antaño (era un nick raro, raro, raro, raro, raro...vamos, que no era muy difícil localizarlo) en Internet y encontró mi Netlog (por aquel entonces se llamaba de otra forma), red social que yo tenía pública con veinte mil fotos de japoneses, doramas, películas...y dos o tres mías con mis perros. Porque soy subnormal (tranquilos, las eliminé).
Así que, ni corto ni perezoso, empezó a pasármelas por el MSN y..."¡DIOS, QUE SOY YO!". Y entre mi personalidad amorosa, dulce, inocente, borde y divertida y mi carita de niña buena y angelical y mi cuerpo con cadera, culo gordo y tetas inexistentes...conquisté a Proty (quizás los perros tuvieron también algo que ver...).
Proty se volvió pesado de cojones. "Venga, vamos a vernos; es que me parece increíble que no confíes en mí...", "¿por qué no quieres conocerme?". "que no muerdo, mujer...si no te dejas yo no muerdo...", "me gustas mucho y, de verdad, querría verte en persona" y demás manipulaciones perversas eran utilizadas por su mente de madurito universitario para llevarme al lado oscuro.
Una lástima que nada funcionara conmigo. Ni siquiera que me pusiera la cam y me pasara una foto. Porque el muchacho no era feo, no, era un tío simplón con restos de granos en la cara y el pelo despeinado. Pero yo era una niña de catorce años de las que ya no quedan, que pensaba en leer, en escribir, en correr tras las salamandras del campo los domingos y cuyo corazón pertenecía a Viggo Mortensen. Me parece que lo único de mujercita que hacía a esa edad era depilarme...Seguro que si Proty hubiera sabido que un año después llevaría gafas y el pelo se me pondría asqueroso, no me habría querido. Ah, y que adelgazaría aún más...
La última semana que tuve contacto con él, estaba charlando alegremente con mi mallorquina sobre blogs japoneses cuando él me dijo que le interesaría conocerla porque eso de estudiar japonés de forma autónoma no le convencía (todo lo que me interesaba a mí, pasó a interesarle a él). Así que le pregunté y ella aceptó, total, qué más daría.
La que liaron. Una semana peleándose; Proty decía que era una engreída de mierda que iba de "sé más que tú porque voy a clases de japonés" y ella decía que él era gilipollas, así a secas, no eran necesarias razones.
Entonces, el chico del chat de salidos cometió un error. Discutió fuertemente con ella (no preguntéis) y me puso entre la espada y la pared:
-No me gustan nada tus amigas. Es que en serio, esta tía no te pega nada...Y yo paso de hablar más con ella, lo siento...blablablablablablabla...Así que yo sólo te digo una cosa: o hablas conmigo, o hablas con ellas. Paso de querer estar con una chica con semejantes energúmenos por amigas, por muy mal que suene.
Y en cuestión de cinco segundos, le di a No Admitir y lo eliminé del MSN para siempre.
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